Aquí estoy. De nuevo. Se acaba de ir hace unos minutos. Pocos minutos, que se sumarán para ser una eternidad. Otro, que no volverá a mi lecho.
Mi cama es un lecho. Le saco sus múltiples mortajas, las aplasto entre mis manos. Las estrujo en mi pecho y las tiro al suelo en una esquina, todas sucias.
Mi cama, es mi lecho. Ahí está, expectante, inmóvil, esperando mi regreso. No me mira, simplemente, me aguarda, para que caiga en su pecho y me hunda en su confortable amor. Porque, sí, ella me ama, y por eso no me deja libre. Por celos. A ella no le gustan mis hombres. Los detesta, los escupe, los eyecta. Ellos se caen, se lastiman, se golpean siempre que están sobre ella. Me miran mal a mí, les molesta mi torpeza. Y yo les digo, “¡es la cama! ¡Ella es, no yo!” y la acuso una y otra vez. Salto sobre ella para herirla y les grito a mis hombres “¡Es ella, es ella!”. La acuso con mi dedo, la destruyo con mis pies, mis pataleos, pero no hay caso. Ellos, le creen a ella, y se van. Mi cama no los quiere, es tan celosa. Me tiene cual reina en un castillo de resortes. Resortes que empujan, que atraen y repelen, atraen y repelen, una y otra vez, a mis hombres. A mí misma.
Mi cama es ese lecho. Abro uno de los cajones de la cómoda (que no me cae muy bien), y me entrega las mortajas nuevas, floreadas. Tienen perfume, no le gustan si no tiene y si la cubro igual, los escupe nuevamente. Por eso me guardo de siempre ponerle un aroma agradable. De flores, siempre de flores. La tapo, la protejo con las sábanas de flores. Está preciosa, prolija, sugestiva. Mi cuerpo entra en contacto una vez más. Acaricio sus llanuras, sus curvas. No la miro, sino que la huelo, la huelo y recorro cada centímetro mientras la acaricio. Y me hipnotiza, me condena. No puedo escapar a su belleza. No pueden entender la soledad a la que ella me condenó para siempre. Le doy un beso, no sé por qué. La miro. No puedo evitarlo, siempre termina ganándome.
Me acuesto en ella, que me ama. Huele a flores. En el medio de su Ser, estoy yo. Sólo yo, en mi lecho. Cruzo los dedos de mis manos sobre mi estómago. Huele a flores. Cierro los ojos. Y me duermo aquí, para siempre.