Le temo a la inmortalidad.
No se siente ya ni la fatiga de mi cuerpo o la fiebre suave
sordos los oídos ante mi presencia
arde la mente sin un solo recuerdo.
Carruseles de inercia nefasta
Los párpados sin prisa, ciegos
sin la presencia
sin el sueño.
La espantosa vigilia del recuerdo.
¿Quién se halla capaz de escapar a la realidad inevitable,
amontonados en grietas,
esperando lo indecible?
¿Cuándo el rayo parta el cielo, y muertos los papeles, los sonidos, las memorias
dejarán de fatigar y flagelar al cuerpo?
¿Por qué no revientan los ojos del recuerdo?
Los niños, los pájaros, la humedad.
El crepitar del fuego y las gotas de agua
Aquel tren y aquel abrazo.
El silencio de la boca y allá lejos, las palabras
una y otra vez.
Insomnio.
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