Justito ahí.

Justito ahí.

jueves, 7 de junio de 2012

Omnisciencia.




Este último mes te miré mientras dormías. Mi rincón preferido siempre fue arriba del  ventilador, porque cae justo sobre tu cama de plaza y media. Aunque también disfruto ver tu cara dormida asomada por entre los pliegues de las sábanas o mimetizada entre los muebles del cuarto que me encargo de que jamás sean más importantes que la silueta que dibuja tu cuerpo, con una pierna levemente más arriba que la otra, con tu mano cayendo apenas hacia el borde del colchón. Me encargué de que nadie entorpeciera tu sueño, dejando que los rayos del sol de ningún modo tocaran tus ojos por entre las hendijas de la persiana, pero que sí te acaricien, empezando por tus pies y haciendo rubios cada uno de tus cabellos a medida que sube el sol. Hubo noches en las que el calor hacía que te haga dormir desnuda. Siempre tapada, quién más que yo sabe cómo te gusta dormir. Boca abajo, formo tu espalda con una curvatura que me hipnotiza; en general disfruto mirándola sobre la pequeña silla del escritorio, o sobre el picaporte del armario. Las noches en las que abrazás la almohada, viajo hacia allí y soy, y me abrazás. Me abrazás y me abrasás con el calor de tu mejilla, de tu boca entreabierta, de tus pestañas coronando tus ojos cerrados.
Este mes te miré mientras dormías, y ya no sé qué hacer. La omnisciencia siempre fue mi obsesión, el que sabe todo, el que conoce, que dibuja y borra. El que gana y pierde al mismo tiempo, porque escribe la historia pero vive la derrota. Soy el que crea y que destruye, y de a poco me di cuenta de que me estoy consumiendo. Por confiado.
Te pensé y creé, pensando que podría manejarlo sin problema alguno. Te cambié las manos, te agrandé los senos, corté tu pelo, te hice hablar y caminar, incluso más de una vez te hice sufrir, porque disfruto ver cómo te hago llorar a escondidas o tenés arrebatos de sexo vacío, por no ser conmigo, claro. Ese voyeurismo me vuelve loco. Me calienta y me enoja porque no puede ser conmigo jamás. Porque jamás vas a conocerme. Yo pinto el color de lo que es tu amor, tu existencia sin mí es grotesca, no existe. A veces querés salir y desobedecer mis pensamientos, porque quise crearte libre, ¡qué estupidez! No te hagas la viva y seguí durmiendo, porque tu vida está totalmente librada a mi ánimo.

No paro de escribirte. No paro de pensarte. En un punto, hasta vivís más que yo. Vivís todo el tiempo porque soy yo el que lo manejo. Siento que ya no sé nada. Tengo que dejar de ser omnisciente. Tengo que ser primera persona, y no saber. Tengo que volver a no conocerte. Necesito dejar de saber todo y dejar que duermas, sencilla, en un amanecer que nunca va a terminar.
Anoche te maté. En realidad, nunca te volví a escribir. Dormís al amanecer, suspendida en el tiempo. No me animo, realmente…
El problema es que, si te mato, una parte de mí morirá también.

lunes, 26 de marzo de 2012

Ejercicio con palabras al azar.



Un gran pastizal de hierba amarillenta deja ver en a distancia el sol del atardecer. A lo lejos, un auto blanco estacionado con la puerta abierta del lado del conductor. Una bandada de pájaros pasa e interrumpe el silencio.
Tirado sobre el pasto boca arriba, a unos cuarenta metros del auto, se encuentra el cuerpo de un hombre de unos 60 años. Su cabello canoso es escaso y lleva un guardapolvo blanco puesto. Un profundo corte cercano a su sien sangra despacio. Manchas de sangre seca se esparcen por su ropa y su cara. Apenas respira. En su mano, un tanto cerrada, hay un vestido azul, también con restos de sangre oscura. Alrededor del hombre hay varios objetos: un lápiz afilado, una goma, varios pedazos de papel y una colita de pelo negra.
Al lado del cuerpo, una joven de unos 25 años lo mira desconcertada. Está en ropa interior, descalza. Su pelo negro enmarañado tiene restos de pasto, y respira de manera agitada. De su brazo izquierdo brota un hilo de sangre, y tiene restos de sangre seca en el abdomen, las piernas y la cara. Sus fosas nasales se abren junto con su respiración, parece estar al borde del llanto.
La joven se acerca al cuerpo del hombre con unos pasos lentos. Se deja caer sobre sus rodillas. Toma del suelo el lápiz con filo, lanza un grito y entierra el lápiz en el abdomen del hombre. Brota sangre desde la herida. El hombre emite un quejido leve e inspira con violencia, elevando su pecho unos centímetros.
La joven se pone de pie y explota en llanto. Agarra el vestido que sostiene el hombre y se lo arranca de la mano con violencia. Sus lágrimas caen y limpian la suciedad de su cara en pequeñas líneas. Se toca la herida del brazo y frunce su rostro en una expresión de dolor. Se aleja corriendo en dirección al auto, dando tumbos y corriendo el pasto amarillento con la mano que sostiene el vestido.

viernes, 23 de marzo de 2012

Ortografía y papel maché.


Se levantó súbitamente del sillón y se dirigió a la biblioteca. Diccionario. R. Re, reh, rehu… ¿rehusar? Vio la H intermedia pero no estaba segura, nunca fue buena con la ortografía. Leyó el significado. Lo cerró casi con desesperación, aunque podría haberlo dejado abierto, ya que regresó con pases rápidos de hojas hacia la R. Re, reu… reusar. No. No la encontró. Se dignó a pensar que nunca fue buena en la búsqueda de palabras en los diccionarios. Qué mejor que las nuevas tecnologías, pensó, y se dirigió a su computadora de escritorio. Buscó ambas palabras. Encontró y entendió.

Esa tarde, recostada sobre la silla del escritorio, borró todos sus mails y su número de teléfono del celular. Regaló ese collar traído de un viaje al sur a una vecina, cortó en pequeños pedacitos todas las cartas, boletos, entradas al cine y al teatro, y los puso a remojar en un bowl.

El fin de semana, él la llamará por teléfono, pero ella no lo atenderá. También verá en su casilla de correos un mail de él, que dirá que quiere verla y si le pasa algo que lo llame, pero ella jamás lo abrirá, porque directamente lo eliminará de la bandeja. El sábado, con un bonito vestido verde, irá a la casa de su mejor amiga y le regalará, además de una remera estampada, una hermosa carta de papel reciclado.