Un gran pastizal de hierba amarillenta deja
ver en a distancia el sol del atardecer. A lo lejos, un auto blanco estacionado con la puerta abierta del lado del
conductor. Una bandada de pájaros pasa e interrumpe el silencio.
Tirado sobre el pasto boca arriba, a unos
cuarenta metros del auto, se encuentra el cuerpo de un hombre de unos 60 años.
Su cabello canoso es escaso y lleva un guardapolvo blanco puesto. Un profundo
corte cercano a su sien sangra despacio. Manchas de sangre seca se esparcen por
su ropa y su cara. Apenas respira. En su mano, un tanto cerrada, hay un vestido azul, también con restos de sangre oscura. Alrededor del hombre hay
varios objetos: un lápiz afilado,
una goma, varios pedazos de papel y una colita de pelo negra.
Al lado del cuerpo, una joven de unos 25 años
lo mira desconcertada. Está en ropa interior, descalza. Su pelo negro
enmarañado tiene restos de pasto, y respira de manera agitada. De su brazo
izquierdo brota un hilo de sangre, y tiene restos de sangre seca en el abdomen,
las piernas y la cara. Sus fosas nasales se abren junto con su respiración,
parece estar al borde del llanto.
La joven se acerca al cuerpo del hombre con
unos pasos lentos. Se deja caer sobre sus rodillas. Toma del suelo el lápiz con
filo, lanza un grito y entierra el lápiz en el abdomen del hombre. Brota sangre
desde la herida. El hombre emite un quejido leve e inspira con violencia,
elevando su pecho unos centímetros.
La joven se pone de pie y explota en llanto. Agarra
el vestido que sostiene el hombre y se lo arranca de la mano con violencia. Sus
lágrimas caen y limpian la suciedad de su cara en pequeñas líneas. Se toca la
herida del brazo y frunce su rostro en una expresión de dolor. Se aleja
corriendo en dirección al auto, dando tumbos y corriendo el pasto amarillento
con la mano que sostiene el vestido.