Justito ahí.

Justito ahí.

jueves, 29 de septiembre de 2011

Mudanza.

Mudanza

“Nadie podía intentarlo, porque esta puerta estaba reservada solamente para ti. Ahora voy a cerrarla.”

Ante la Ley, Franz Kafka.

Bien, pensé que esto iba a ser un poco diferente. Tampoco me desagrada, no, es sólo que… no sé, es esa sensación de estar esperando una cosa un poco mejor, o algo distinto. No es malo, al contrario, es un buen sitio, pero… bueno, basta. El lugar no es malo y punto. Parece limpio. Es más, apostaría a que nadie vino aquí antes. Está como a estrenar. Es sorprendentemente luminoso; el ventanal, lleno de luz. Las cortinas blancas quedan de lujo. No había pensado en eso, me gusta. Gabriel me dijo que iba a conseguir un buen lugar para mí, me lo prometió. Es tan bueno conmigo…

Tengo que dejar las maletas en algún lado. No pesan mucho, no hay muchas cosas para traer en realidad: tres o cuatro libros, entre ellos, claro, Ficciones. También traje uno de Kafka. Es más, en el camino para venir aquí, estaba leyendo “Ante la Ley”. Imaginaba que los guardias eran los empleados del peaje, miré atentamente a las dos personas destinadas a tal empresa, pensando en su curioso trabajo de permitir que la gente pase sólo con la opción de dar algo de uno mismo. Simultáneamente, pensaba en todas las cosas que les había dejado, para llegar hasta este punto: amigos falsos, algún que otro recuerdo amargo, mi familia, ciertos gustos de mi paladar, los martes de facultad, quince pesos, la cabeza en ese estado cuando uno no piensa en nada… es decir, la típica mente en blanco, también un par de insomnios… Sí, todo sería nuevo desde ahora. Traigo un solo disco (en vinilo, por supuesto, le dije expresamente a Gabriel que yo no escuchaba ningún tipo de formato de audio que superara a los viejos discos de pasta), mi preferido, “The Dark Side of the Moon”, regalo de mi padre y reliquia personal. Un compañero de mi secundaria me dijo que tenía un ejemplar, que era de su papá, y que estaba sin abrir. Increíble, nadie se había animado a corromperlo, sino que ahí estaba, intacto, sin nadie que lo haya disfrutado aún, sin saber si realmente esas canciones eran las mismas de siempre. ¿Quizá tendría otra cosa en su interior, algo nuevo? ¿Algún acorde diferente al resto, alguna melodía perdida, frases, temas enteros por descubrir? Sospecho que jamás serán revelados esos secretos. Tampoco me entristezco. Every year is getting shorter never seem to find the time...” Tiempo, tiempo, tiempo.

Aquí no hay muebles. Gabriel me dijo que irían llegando de a poco, en realidad, que esto se iría acomodando a mi gusto, con paciencia. Paciencia, paciencia... De repente, en una esquina cercana a donde estuvo la puerta, veo un reproductor de música para mi disco, un viejo Winco. Es igual al que tengo en casa, es más, hasta está rota una de las rendijas por las que sale el sonido del parlante, producto de un pequeño golpe que le hizo mi abuela al pasar con no recuerdo qué cosa. Es el mismo, tal cual yo lo recordaba. De a poco comienzo a entender cómo funciona esto.

En el camino, estuve pensando mucho tiempo en mis padres. Sé que me extrañan, ellos prácticamente no se mudaron nunca, por lo menos no como yo ahora. Sólo mi padre, pero fue momentáneo y lo suficientemente corto como para que sea un recuerdo vago en su memoria. No dejó muchas cosas detrás. Qué suerte, yo no sé todavía el período de mi estadía y ya no me quedan muchas cosas por dar. Sólo lo sabré, cuando me haya ido. Gabriel me dijo que, a la salida, me darán unos papeles que me indicarán cuánto fue lo que estuve, cuánto perdí y gané. Siempre optimista; antes de entrar aquí, me palmeó la espalda y me confesó que no necesitaría esas conclusiones impresas en una hoja, sino que las tendría presentes constantemente. No sé a qué se refirió, en fin. Mamá. Mamá seguro debe estar llorando. Se niega rotundamente a mi decisión de este traslado voluntario, de esta especie de mudanza. Dice que es innecesario, que ya voy a encontrar algo mejor, que por qué hago algo semejante, que yo podía volver cuando quisiera, que me lleve abrigo, que la llame de vez en cuando y tantas cosas más.

Tengo ganas de sentarme. Una silla aparece enfrente del ventanal abierto, qué suerte, ya le estoy tomando la mano, de a poco. Eso sí, la puerta no apareció más. Enciendo el reproductor y pongo el vinilo. Pasos, latidos de corazón, gritos... estiro las piernas y roto el cuello, es raro. Todo esto, tan blanco, no sé. Estoy entusiasmada, con cierto temor, pero entusiasmada al fin, y eso es lo importante. Pensé que habría muchos más vecinos de los que veo acá en el balcón. De todas formas, no sé cuáles están vacíos, y cuáles no, sólo lo adivino por la gente que mira hacia fuera, en las miles de ventanas. Por allá abajo está Francisco, también está asomado, él me habló de este lugar por primera vez. No sé si María sabe que está aquí. En la calle, una persona se sube a un auto, ¡qué dicha!, su espera terminó. ¿Cuánto estaré yo? ¿Minutos, días, segundos, años? ¿Lo que dure el Sol? No lo sé. Sólo sé, que tengo que esperar un tiempo. Un poquito más.

Gabriel me dijo que no puedo visitar a nadie que se hospede por aquí. Qué lástima, porque realmente tenía ganas de ver a Francisco. Preguntarle cómo es que le está yendo, hace cuánto tiempo está... no sé, algo que también me ayude a aclarar mi panorama. Sentirme un poco más acompañada. Sólo me queda mirarlo por la ventana, hacerle alguna seña cómplice, una sonrisa desdibujada por la lejanía de nuestros rostros; no le grito nada de balcón a balcón (a pesar de que tengo ganas de hacerlo), porque todo aquí transcurre en silencio, me da un poco de vergüenza alterar esta paz. Las calles vacías, los edificios enteramente blancos, los balcones, todo simétrico, ningún tipo de decoración. Nada. Pero de todas maneras no estoy aburrida, o no me parece malo. Creo que sirve, para pensar. Y lo hago. Pienso mucho en todo esto, en las elecciones que tomé para llegar hasta este punto. En qué será de mi cuando salga, cuando el auto se detenga debajo de mi balcón y la puerta reaparezca para marcharme.

Es curioso que ya el tiempo no me interese. No recuerdo ya hace cuánto estoy. Hoy, me pasé todo el día (o los días) mirando hacia la ventana y escuchando mi vinilo. Francisco salió con una flor en la mano (creo que era un clavel, no sé), miró hacia abajo, la tiró, y volvió hacia adentro. Es curioso lo de las flores. Por ejemplo, una margarita. El típico juego de deshojarla para adivinar si esa persona te quiere, o no te quiere, te quiere, o no te quiere. Pero, ¿por qué deshojarla? ¿No es una despetalización, en realidad, lo que se hace? Que yo sepa, son los pétalos los que se arrancan, no las hojas. Supongo que es porque las flores suelen aparecer con sólo dos de ellas, lo que haría bastante predecible ese proceso de adivinación del futuro sentimental del sujeto. Entonces, como tantas cosas, se opta por la cantidad, por los pétalos, por la dilatación del final. Quizá, porque es una forma de intentar cambiarlo, de darle una vuelta. Cuando era chica, y adivinaba que mi destino amoroso no era favorable, pasaba de la despetalización al deshoje, en pos de una sonrisa de satisfacción. Arrancaba cualquier pedacito que me pudiera dar una esperanza. ¿Habré sido la única?

También hoy (digo este tiempo por decir alguno, también podría decir mañana, o ayer), una mujer más lejos, se asomó ilusionada, pensando quizá que el auto que estaba abajo era para ella. Noté que corrió hacia adentro, pero la persona que más tarde bajó era un hombre, bastante viejo, canoso, encorvado, con un bastón. Levantó la flor del piso, la olió, miró hacia arriba y se marchó en el vehículo. Ahora que la vi, era un margarita, pero no tenía hojas, sólo los pétalos. Lo curioso sucedió unos instantes después (bah, no sé si instantes, u horas, o días). Un grito desgarrador salió y retumbó en el aire, rasgando la tarde con su aparente calma. Era de una mujer. No sé cuánto duró ese alarido. Curiosamente, su voz me era muy familiar, como si ya la hubiera escuchado. Se parecía un poco a la mía, o a la del tema del disco. Me dio un poco de escalofríos, no sé. Pero bueno, basta. Es cosa de ella. No es mi asunto, no. Gabriel me dijo que esto quizá pasaría, así que ya estaba avisada.

¿Cómo me verá, así como yo hago, la gente que puede observarme del otro lado del balcón? ¿Qué se imaginarán de mí, de mi mudanza? Por las dudas, sonrío, o hago que la estoy pasando bien, que es una estadía agradable. ¿Lo es? Creo que sí, estas cosas son raras, pero no me siento mal. Tengo esperanzas de que llegue el auto. Es como una especie de… curación, no sé. Por las dudas, sonrío, quizá también le de fuerzas a alguno de mis colegas de balcón. Me, and you. God only knows it's not what we would choose to do...”

Me encanta salir al balcón a mirar afuera. Creo que me quedó ese recuerdo de mis veranos en el departamento de la costa. Cerrar los ojos, sentir la brisa con gusto a sal en la cara... Así que voy a hacer lo mismo. Como cuando niña, así, tal y como si volviera a ese balcón, tan diferente a este. Es lindo no mirar… y sentir el viento… Respiro hondo… qué lindo este tema. Así, sin letra, sólo música… en mis oídos… Pero... algo no está bien. Nada bien. ¿Quién me llama? Esa voz no es de la canción. ¿Es… él? Escucho un auto. ¿Ya es la hora? No lo puedo creer, no lo puedo creer. Sí, debe ser para mí, ¡es su voz! Corro adentro, no vaya a ser que lo deje abajo esperando, por suerte no traje casi nada, a ver, los libros están ahí, el disco funciona, sólo hay una silla así que no me preocupo por eso; ahora bien, la puerta tendría que aparecer… No puede ser. La puerta no está. Gabriel me dijo que aparecería en cuanto pueda salir, que eso se hacía solo. No, acá hay algo que está mal. ¿Por qué sigo escuchando su voz? No, no puede ser… la escucho que viene desde… Ay, no, no… Salgo al balcón. Me asomo... ¿Sos... sos vos, Esteban? Pero si sos… ¡Sos vos, Esteban! ¡No! ¿Por qué estás en uno de los balcones? ¿Por qué me llamás para que te mire? ¡Ay, no, no, no! ¿Por qué sonreís, como si estuvieras sorprendido de que yo, justamente yo esté acá? Esto está mal.

Me mirás sonriendo. Yo no sé qué cara poner. Estás hermoso, más que de costumbre. Mi corazón… no puedo más. Esto es terrible. Nada me aclara la visión. ¿Cómo sabías de este lugar? ¿Por quién viniste, Esteban? ¿Por quién viniste? Levantás tu mano y me saludás. Estás hermoso. Mi pecho se comprime cada vez más. ¿Se dará cuenta de que estoy mordiéndome el labio inferior, para no llorar? No sé hace cuanto tiempo lo estoy mirando, quizá meses. Tengo que hacer algo, rápido. No, tirarme no, sería sospechoso. Esa remera que tenés puesta la usaste la última vez que te vi por la calle, antes de entrar a tu trabajo. Te queda tan bien el blanco... ¿Qué hago? Levanto la mano y te… te saludo y sonrío, deseándote suerte, levanto el pulgar… qué curioso, encontrarnos acá, en la Eternidad…, me sonreíste y cerraste los ojos, Esteban, no me mirás más. Tu pecho se hincha tratando de juntar todo el aire. Qué lindo que sos con los ojos cerrados. El más lindo de todos. Esto está mal, muy mal. Tengo que irme adentro, tengo que salir de acá.

Esteban, me mudé a la Eternidad para esperarte, y vos también hiciste lo mismo. Pero no para mí, no por mí. Estabas en un balcón. No puede ser, vos tenías que estar en el auto, en tu casa, o conmigo. Bueno, conmigo estás, sí, pero no tenía que ser aquí, ahora, o antes o después. ¿Qué día es? ¿Cuánto tiempo pasó? ¿A quién esperás, si no soy yo? ¿Qué voy a hacer ahora? ¿Cómo voy a salir? ¿Lograré hacerlo? Imaginé un florero que se caía. ¡Ay! Me corté el pie con uno de sus cristales, y las margaritas se esparcen por todos lados. Los pétalos que vuelan en remolinos me molestan en la cara, se me pegan a las lágrimas, no sé cómo sacármelos de encima. Las paredes se acolchonaron. El florero sigue explotando sin parar, todo el tiempo. El volumen de la música se subió, esos relojes, esos relojes, no paran más de sonar, suenan todo el tiempo, ¡basta, basta, basta! Tengo ganas de gritar, de llorar, de saltar por el balcón, ay, qué música insoportable. ¡Esos gritos! ¿Qué hago, grito? Y si grito, ¿Qué grito? ¿Si se da cuenta de que es por él, de que toda esta locura fue para un solo fin, que tenía grabado su nombre? De tanto pensarlo, no me di cuenta lo que salió de mi garganta… ¿O es la música la que suena, y yo estoy callada? “If you can hear this whispering you’re dying”...

***

En las calles de la Eternidad, ya no te espero. No vas a volver. Me mudé a estas Moradas Eternas, para ir a tu rescate, o, mejor dicho, que vos vengas al mío. Dejé todo para vivir este exilio voluntario. Me enamoré de vos como nunca antes, y tomé la decisión de aguardar en este lugar, reservado sólo para mí. De vivir este exilio hasta que vengas en mi rescate. De esperarte, el tiempo que fuera necesario, para que estés conmigo. Para que me elijas. Los ángeles me sonreían, ¿me estaban mintiendo, entonces? No venías en auto, estabas en un balcón. En otro, que no era el mío. Te marchaste. Vos sí lo lograste. No se hace cuánto pasó, o si está pasando ahora, como un círculo vicioso que me ahoga. Alguien fue a buscarte, alguien que no soy yo, y que también se enamoró. De vos. Sólo me queda esperar por la redención de una persona que, como te pasó, venga en mi rescate. ¿Existirá una para mí? ¿Habrá alguien, Esteban? ¿Estaré dispuesta a que, cuando la puerta vuelva, yo pueda salir y subirme al auto? Gabriel no me dijo que se podía salir de acá. Imagino constantemente dicha puerta, cada partícula de madera, combino cerraduras y llaves para ver cuál me permite escapar. Imagino todo el tiempo. Creo las puertas nítidamente, las construyo centímetro a centímetro. Pero es inútil. Nada basta ahora. Mientras, seguiré mirando por el balcón, sin tirarme hacia abajo, con la única compañía de un disco viejo, un par de libros, una margarita despetalizada, y el tiempo que no corre en ningún reloj.

No hay comentarios:

Publicar un comentario