Vengo de visita
No me quedo mucho tiempo
Vine solo a dejar
Lo que tengo, lo que siento.
No levantes la voz, yo me marcho tranquila
El viento corre deprisa y ya soy parte del viento.
No te extrañes
si ves que no vuelvo con nada
Lo que soy, es lo que dejo
Y ya soy parte del tiempo.
El viento corre deprisa y ya soy parte del viento.
Justito ahí.
miércoles, 22 de enero de 2014
martes, 14 de enero de 2014
Héctor.
Héctor. Ya empezás tu vida con una letra que es al pedo. Y
en silencio. Siempre, como todo. Callado y al pedo. Si hubieses nacido en
Estados Unidos podrías haber sido más útil, quizá. Jéctor. Ni siquiera, suena
como una flema pegada a la garganta. Y es que siempre fuiste eso, Héctor, mudo,
al pedo, como una flema. No te alcanzó nada de lo que pasó entre nosotros.
Calladito, así como llegaste, te fuiste. Ni una bombita, Héctor, ni un cuerito
cambiaste. Inútil, totalmente inútil, todo delegar, todo mandar a que hagan
otros. Siempre te jactaste de tu nombre porque es mitológico. ¿Será porque no
existe, porque es una invención humana para dar respuestas a lo que uno no
sabe? ¿Es así entonces? Arrastraron el cadáver de tu tocayo en un carro, igual,
no te fue tan bien. No lo leí pero seguramente se lo merecía. Héctor, mudo, al
pedo, una flema, una mentira inventada.
Te amé como nadie, Héctor. Como nadie y así fue como pasaron
las cosas. Me encantaba ese enigma que llevabas con vos a todos lados. Tenía
ganas de descubrirte, de saber más, de entender qué era lo que se escondía ahí
atrás. Me fascinaban Siempre hacías planes, que vayamos para acá, que salgamos
por acá, y nunca nada. Siempre todo en la nebulosa, en el proyecto que se quedó
ahí. Ahí, sentado en cuero tomando mate, mirando el patio y proyectando
pelotudeces. Cortá el pasto, mudo, flema, ¿tanto lo mirás y no te das cuenta de
que hay que cortarlo? La H es muda en español y vos también, Héctor. Un parásito
de la lengua. Sin lo que te sigue no sos nada.
Héctor. Mudo. Al pedo. Una flema. Una mentira inventada. Un cero
a la izquierda.
Menos mal que dejarte es lo mismo que seguir sola.
Elena.
Toda la vida.
Rita no advirtió las tres pequeñas
lentejuelas verdes que cayeron en el piso cerámico, haciendo un suave contraste
con la luz que entraba por la ventana. No le entraba. Y no, no, no. No había
caso. Respiró hondo, haciendo que subiera el aire más hacia el pecho y
consiguió cerrarse el bendito traje. De adelante estaba casi bien, pero su
espalda era una catarata de arrugas verticales, algunas más grandes, otras más
pequeñas.
A Mario le sorprendió lo chica que
era su cintura en esa época. Sentado en un banquito, en la habitación de al
lado, con los codos apoyados en sus rodillas, miraba atónito su diminuto
trajecito amarillo. “Es una locura”, pensaba. “Parece un chiste. Esto es una
estupidez”.
La cocina estaba en silencio. Sobre
la mesada, una gran cantidad de fuentes envueltas en nylon dejaban ver
sándwiches de miga, piononos cortados, dos piñas enteras traídas por Luis y
tres o cuatro fuentes de ensaladas. Una gran fuente de ensalada rusa coronada
por un film, era el centro de atención.
El patio dejaba que los pequeños
pájaros volaran y corretearan por las guirnaldas entrelazadas con las parras.
Diana había ido a comprar esa tarde un par de luces de colores, pero se las
tuvo que arreglar forrando con papel celofán un par de lámparas de su casa, ya
que estaba todo cerrado. En el centro, una mesa vacía con un mantel que alguna
vez fue blanco, y un par de sillas de plástico apiladas en un costado, al lado
del radiograbador negro, dejaban el clima preciso para esa noche. El moho sólo
crecía en los intersticios de las baldosas de cemento sueltas del patio, y el
jazmín de flores diminutas explotaba en colores blancos y verdes encaramados a
la glorieta.
Una voz femenina, carraspeada por
los años, resonó por los pasillos de la habitación de la casa:
-
¡Apúrense!
¡Los quiero a todos en el patio!
A lo que Mario respondió:
-
¿Te
dejás de joder, por el amor de Dios?
Franco abrió con sigilo la puerta de
la habitación de Mario. Asomó levemente su torso desnudo.
-
¿Te
pelaste recién? – dijo Mario, mirándolo.
-
Tampoco
era que tenía mucho, Marito... – dijo Franco riendo y pasando su mano desde su
frente hasta su nuca.
-
Marito...
bah, esto es una pavada, no sé ni por qué vine. Mirá ese traje, parece una
muestra gratis. Todo esto es una porquería, ¡una porquería!
Franco cerró la puerta
detrás de él. En una de sus manos nudosas y arrugadas, llevaba un manojo de
plumas rojas y naranjas. Las dejó en un pequeño banquito cerca de él y se
acercó a Mario, que ya estaba mirando por la ventana.
-
A
todos nos dolió. Creo que a vos más que nada, pero, ¿por qué perdernos de esta
oportunidad de festejar juntos de nuevo?
Mario terminó de
irritarse. Su expresión era de rabia, se rascó con violencia el hombro y
comenzó a gesticular con ambas manos, tocándose su arrugada frente, señalando
en todas direcciones y haciendo montoncitos con sus dedos.
-
Bah,
festejar, ¡qué querés festejar, Franco! ¡Esta fecha es una porquería, entendés,
nos estamos engañando a nosotros mismos! Encima gasté plata de la pensión en
los pomos, y toda esa cosa de la cena, y los trajes. ¡Los trajes, Franco! ¡Qué
querés, qué carajo querés! Y no me vuelvas a tocar el tema de Graciela, te lo
pido por favor.
Rita lloraba sentada sobre la tapa
del inodoro del baño. Sus manos sobre la cara apenas dejaban ver el maquillaje
negro corrido en líneas verticales por su cara. Se sentía horrible. La puerta
volvió a sonar.
-
Ri,
querida, abríme la puerta, por favor.
-
Llamáme
un coche, gringa – dijo Rita, sin dejar de sollozar.
-
De
acá no se va nadie, ¿para qué viniste sino? Dale, abríme por favor.
Rita se incorporó apenas y dio dos
vueltas de llave, todavía sentada en el inodoro. La puerta se abrió rápidamente
y Diana la cerró tras ella. Vestía un corpiño azul de lentejuelas y un pantalón
de algodón gris. Rita rió levemente al ver su aspecto.
-
Estás
hecha pelota, gringa – le dijo mientras sacaba un trozo de papel higiénico del
rollo a su izquierda.
Diana tomó entre sus manos su panza,
y la movió suavemente hacia arriba y abajo.
-
La
bombacha la guardé, no me entra todavía en la cabeza cómo me la podía poner.
-
Te
la pusiste, es que te quedó abajo del rollo – dijo Rita con seriedad, señalando
las carnes caídas de su amiga.
-
No
cambiás nunca, vos, eh…
Ambas se miraron. Una risa tímida
brotó de la boca de Diana, que terminó en dos carcajadas estridentes, llenando
todo el pasillo.
-
¿Y
ahora de qué se ríen? ¿Qué hora es, negro, falta mucho? – Irene forcejeaba con
el último rulero de su cabeza y tratando de mantener sus anteojos, de gran
aumento. Del otro lado del cuarto, Luis la miraba, envuelto en una bata blanca
con varias manchas de salsa.
-
Ay,
es que este rulero, se me engancha, negro… no sé.
Luis se acercó a ella sonriendo, y
le quitó del pelo rubio la única pinzita
de aluminio, que ella no estaba viendo. Observó con ojos amorosos las canas que
siempre ella trató de disimular. Recorrió cada arruga, y descubrió aquellas que
le hizo él, a base de sonrisas, de momentos vividos juntos. Cruzaron sus miradas,
gastados por tantos años. El amor seguía siendo el mismo. El rulero cayó al
piso, ninguno de los dos se agachó a recogerlo.
A las ocho en punto, Diana salió al
patio con un casette transparente en la mano. Lo colocó en el equipo con suma
torpeza y luego lo encendió. La música se escuchaba muy baja, por lo que subió
el volumen a su máxima potencia. Una canción instrumental muy movida sonó,
haciendo que el pareo de Rita se bamboleara en sus caderas al ritmo de sus
caderas flácidas y la música que tanto supieron bailar. Los colgajos debajo de
sus brazos acompañaban su movimiento al levantarlos en el aire. Irene y Luis
llegaron, cada uno con una de las fuentes de la cocina en la mano. Ambos
vestían sus trajes de la adolescencia, su vejez no les impidió en ningún
momento decir que no al llamado de su vieja compañera de corso. Dejaron las
fuentes sobre la mesa y volvieron a entrar a traer el resto. Diana, Franco,
Mario y Rita aún no aparecían.
-
Nunca
en tu vida vas a venir a ayudar en la mesa, ¿no? – gritó Irene por arriba de la
música.
Más tarde, sentados en la mesa, con
sus trajes puestos, los compañeros de corso charlaban y se pasaban las fuentes
de ensalada. Las sillas de Franco y Mario seguían vacías.
-
No
querida, gracias, no puedo – Diana miró un instante su estómago – Divertículos…
- dudó - pero qué mierda, pasáme un poco que lo pruebo.
-
Después
del postre, viene el cóctel de remedios – Luis hizo que las mujeres rieran con
ganas. Irene le acarició con suavidad la mejilla arrugada.
Franco llegó a la mesa con su traje
de lentejuelas naranjas. Sobre sus hombros, un arnés con plumas encorvaba aún
más su vieja espalda. Se lo quitó, dejándolo en el suelo, se sentó en la mesa y
se sirvió una rodaja de pionono.
Casi cincuenta años habían pasado
desde la última comparsa juntos. Casi cincuenta años prácticamente sin verse,
con más o menos contacto, evolucionado en el tiempo, desde cartas, llamados, eventuales
correos.
Diana los miró con ternura, y se
dirigió a Franco:
- ¿Cómo estaba Mario? No pensé que se
iba a poner así.
-
No
aguantó. Se pidió el coche y se fue. Me dijo que se vayan todos a la mierda.
Silencio. Sólo el sonido de la
grabadora y los cubiertos. Diana se agachó con dificultad y se puso de pie
frente a sus invitados. De abajo de la mesa, había sacado un pomo de espuma,
que se encargó de esparcir por todas las caras.
- Bueno bueno, basta de comida, manga de viejos. ¡Vamos que recién
empezamos!
Los ancianos, disfrazados con plumas
y lentejuelas, se levantaron torpemente de sus asientos, con sus achaques, su vejez. Cada uno tomó el pomo junto a sus
vasos, y se dirigieron a disfrutar del que quizá sería su último baile de carnaval.
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