Justito ahí.

Justito ahí.

martes, 14 de enero de 2014

Toda la vida.



Rita no advirtió las tres pequeñas lentejuelas verdes que cayeron en el piso cerámico, haciendo un suave contraste con la luz que entraba por la ventana. No le entraba. Y no, no, no. No había caso. Respiró hondo, haciendo que subiera el aire más hacia el pecho y consiguió cerrarse el bendito traje. De adelante estaba casi bien, pero su espalda era una catarata de arrugas verticales, algunas más grandes, otras más pequeñas.
A Mario le sorprendió lo chica que era su cintura en esa época. Sentado en un banquito, en la habitación de al lado, con los codos apoyados en sus rodillas, miraba atónito su diminuto trajecito amarillo. “Es una locura”, pensaba. “Parece un chiste. Esto es una estupidez”.
La cocina estaba en silencio. Sobre la mesada, una gran cantidad de fuentes envueltas en nylon dejaban ver sándwiches de miga, piononos cortados, dos piñas enteras traídas por Luis y tres o cuatro fuentes de ensaladas. Una gran fuente de ensalada rusa coronada por un film, era el centro de atención.
El patio dejaba que los pequeños pájaros volaran y corretearan por las guirnaldas entrelazadas con las parras. Diana había ido a comprar esa tarde un par de luces de colores, pero se las tuvo que arreglar forrando con papel celofán un par de lámparas de su casa, ya que estaba todo cerrado. En el centro, una mesa vacía con un mantel que alguna vez fue blanco, y un par de sillas de plástico apiladas en un costado, al lado del radiograbador negro, dejaban el clima preciso para esa noche. El moho sólo crecía en los intersticios de las baldosas de cemento sueltas del patio, y el jazmín de flores diminutas explotaba en colores blancos y verdes encaramados a la glorieta.
Una voz femenina, carraspeada por los años, resonó por los pasillos de la habitación de la casa:
-          ¡Apúrense! ¡Los quiero a todos en el patio!
A lo que Mario respondió:
-          ¿Te dejás de joder, por el amor de Dios?
Franco abrió con sigilo la puerta de la habitación de Mario. Asomó levemente su torso desnudo.
-          ¿Te pelaste recién? – dijo Mario, mirándolo.
-          Tampoco era que tenía mucho, Marito... – dijo Franco riendo y pasando su mano desde su frente hasta su nuca.
-          Marito... bah, esto es una pavada, no sé ni por qué vine. Mirá ese traje, parece una muestra gratis. Todo esto es una porquería, ¡una porquería!
Franco cerró la puerta detrás de él. En una de sus manos nudosas y arrugadas, llevaba un manojo de plumas rojas y naranjas. Las dejó en un pequeño banquito cerca de él y se acercó a Mario, que ya estaba mirando por la ventana.
-          A todos nos dolió. Creo que a vos más que nada, pero, ¿por qué perdernos de esta oportunidad de festejar juntos de nuevo?
Mario terminó de irritarse. Su expresión era de rabia, se rascó con violencia el hombro y comenzó a gesticular con ambas manos, tocándose su arrugada frente, señalando en todas direcciones y haciendo montoncitos con sus dedos.
-          Bah, festejar, ¡qué querés festejar, Franco! ¡Esta fecha es una porquería, entendés, nos estamos engañando a nosotros mismos! Encima gasté plata de la pensión en los pomos, y toda esa cosa de la cena, y los trajes. ¡Los trajes, Franco! ¡Qué querés, qué carajo querés! Y no me vuelvas a tocar el tema de Graciela, te lo pido por favor.

Rita lloraba sentada sobre la tapa del inodoro del baño. Sus manos sobre la cara apenas dejaban ver el maquillaje negro corrido en líneas verticales por su cara. Se sentía horrible. La puerta volvió a sonar.
-          Ri, querida, abríme la puerta, por favor.
-          Llamáme un coche, gringa – dijo Rita, sin dejar de sollozar.
-          De acá no se va nadie, ¿para qué viniste sino? Dale, abríme por favor.
Rita se incorporó apenas y dio dos vueltas de llave, todavía sentada en el inodoro. La puerta se abrió rápidamente y Diana la cerró tras ella. Vestía un corpiño azul de lentejuelas y un pantalón de algodón gris. Rita rió levemente al ver su aspecto.
-          Estás hecha pelota, gringa – le dijo mientras sacaba un trozo de papel higiénico del rollo a su izquierda.
Diana tomó entre sus manos su panza, y la movió suavemente hacia arriba y abajo.
-          La bombacha la guardé, no me entra todavía en la cabeza cómo me la podía poner.
-          Te la pusiste, es que te quedó abajo del rollo – dijo Rita con seriedad, señalando las carnes caídas de su amiga.
-          No cambiás nunca, vos, eh…
Ambas se miraron. Una risa tímida brotó de la boca de Diana, que terminó en dos carcajadas estridentes, llenando todo el pasillo.
-          ¿Y ahora de qué se ríen? ¿Qué hora es, negro, falta mucho? – Irene forcejeaba con el último rulero de su cabeza y tratando de mantener sus anteojos, de gran aumento. Del otro lado del cuarto, Luis la miraba, envuelto en una bata blanca con varias manchas de salsa.
-          Ay, es que este rulero, se me engancha, negro… no sé.
Luis se acercó a ella sonriendo, y le quitó del pelo rubio  la única pinzita de aluminio, que ella no estaba viendo. Observó con ojos amorosos las canas que siempre ella trató de disimular. Recorrió cada arruga, y descubrió aquellas que le hizo él, a base de sonrisas, de momentos vividos juntos. Cruzaron sus miradas, gastados por tantos años. El amor seguía siendo el mismo. El rulero cayó al piso, ninguno de los dos se agachó a recogerlo.

A las ocho en punto, Diana salió al patio con un casette transparente en la mano. Lo colocó en el equipo con suma torpeza y luego lo encendió. La música se escuchaba muy baja, por lo que subió el volumen a su máxima potencia. Una canción instrumental muy movida sonó, haciendo que el pareo de Rita se bamboleara en sus caderas al ritmo de sus caderas flácidas y la música que tanto supieron bailar. Los colgajos debajo de sus brazos acompañaban su movimiento al levantarlos en el aire. Irene y Luis llegaron, cada uno con una de las fuentes de la cocina en la mano. Ambos vestían sus trajes de la adolescencia, su vejez no les impidió en ningún momento decir que no al llamado de su vieja compañera de corso. Dejaron las fuentes sobre la mesa y volvieron a entrar a traer el resto. Diana, Franco, Mario y Rita aún no aparecían.
-          Nunca en tu vida vas a venir a ayudar en la mesa, ¿no? – gritó Irene por arriba de la música.
Más tarde, sentados en la mesa, con sus trajes puestos, los compañeros de corso charlaban y se pasaban las fuentes de ensalada. Las sillas de Franco y Mario seguían vacías.
-          No querida, gracias, no puedo – Diana miró un instante su estómago – Divertículos… - dudó - pero qué mierda, pasáme un poco que lo pruebo.
-          Después del postre, viene el cóctel de remedios – Luis hizo que las mujeres rieran con ganas. Irene le acarició con suavidad la mejilla arrugada.
Franco llegó a la mesa con su traje de lentejuelas naranjas. Sobre sus hombros, un arnés con plumas encorvaba aún más su vieja espalda. Se lo quitó, dejándolo en el suelo, se sentó en la mesa y se sirvió una rodaja de pionono.
Casi cincuenta años habían pasado desde la última comparsa juntos. Casi cincuenta años prácticamente sin verse, con más o menos contacto, evolucionado en el tiempo, desde cartas, llamados, eventuales correos.
Diana los miró con ternura, y se dirigió a Franco:
       - ¿Cómo estaba Mario? No pensé que se iba a poner así.
-          No aguantó. Se pidió el coche y se fue. Me dijo que se vayan todos a la mierda.
Silencio. Sólo el sonido de la grabadora y los cubiertos. Diana se agachó con dificultad y se puso de pie frente a sus invitados. De abajo de la mesa, había sacado un pomo de espuma, que se encargó de esparcir por todas las caras.
      - Bueno bueno, basta de comida, manga de viejos. ¡Vamos que recién empezamos!

Los ancianos, disfrazados con plumas y lentejuelas, se levantaron torpemente de sus asientos,  con sus achaques, su vejez. Cada uno tomó el pomo junto a sus vasos, y se dirigieron a disfrutar del que quizá sería su último baile de carnaval.

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