Justito ahí.

Justito ahí.

miércoles, 29 de octubre de 2014

Seguimos cerca.

A tí te trajo Dios
Y pasó a buscarte luego
Lágrimas que se lleva el Sol
Sentirte cerca de nuevo.

Hasta aquí el camino dio
Es hora de abrazarte y seguir
Es hora de abrazarte y decir
Que seguimos cerca
Que seguimos cerca.

Y si el frío me gana
Me abrazás a distancia
Y mi llanto se escapa
Y me animo a seguir

El ayer me desarmó
Pero hoy camino de tu mano
Un cascabel rugió
Y ese peso de mi alma voló

Porque te tengo cerca

Porque te tengo cerca de nuevo.

martes, 21 de octubre de 2014

Miércoles de pico.


No coordinamos el beso y nos dimos un pico. Qué horror, me sentí una idiota. Fue una danza de caras, de cachetes, una gambeteada futbolística del saludo, para que termine así, en un baile descoordinado y un beso torpe. Un papelón. Él se rió, pero yo estaba bordó. Me preguntó cómo estaba, que hace cuánto no nos veíamos, que estaba muy linda, que si tenía hijos. Tuvimos la suerte de resumir veinte años de no vernos en tres o cuatro frases concretas. Yo me casé, me separé, dos nenes, yendo al laburo. Él también, pero una sola nena. Estaba lindo, siempre lo fue, me dijo que qué loco que nunca nos habíamos cruzado trabajando tan cerca. Sí, la verdad, una locura, tan loco como el pico. Dios, qué vergüenza.

La semana siguiente pasó lo mismo. En la esquina del laburo, casi entrando. Pico de nuevo. Si me pisaba un camión era menos dramático. Esta vez me fui apurada y ni le hablé. Lo estaba de hecho, pero el pico me hizo huir.

Nos cruzábamos los miércoles antes de las nueve. Se convirtió en algo habitual. Una vez que llovía me paré en la otra esquina, abajo del techo de un local, porque no había llevado el paraguas. Lo vi venir desde la otra cuadra, y se quedó parado donde siempre. Yo me escondí atrás de un container lleno de basura reciclable. Se habrá quedado unos cinco minutos, con el paraguas, mirando. Después se dio media vuelta y se fue. Había parado ya de llover.

Muchas veces nuestros picos eran muy inventados, me pedía la hora, se hacía el distraído. Hace unos dos meses, fingió que se tropezaba y me clavó un buen beso. Justo pasó la maestra de los nenes. Ya el beso no me interesaba, pero no me gustaba con gente alrededor. Ella ya sabe que estoy separada pero, no sé, no quiero que piense que me ando levantando hombres grandes. Aunque yo también a veces me veo así. Una mina grande. Una mina grande que lo único que la entusiasma en la semana es darse un pico con un ex compañero del secundario.

Nunca nos preguntamos nada, salvo la primera vez que nos cruzamos y fue ese extracto de la vida lo único que supe por casi un año. Un año de picos. Los conté, fueron treinta y nueve en total. Lo sé porque era justo principios de marzo y en diciembre me preguntó con quién pasaba las fiestas. En lo de mi vieja, como siempre, y año nuevo los nenes con mi ex marido. No sé por qué le di esa información adicional. Me deseó felices fiestas y ahí, antes de irse, me pidió mi teléfono. Para saludarme por las fiestas, supuse. Se lo di. Cuarenta.

Me mandó un pico por Navidad, y otro por año Nuevo. Le respondí con un “jaja gracias” completamente seco. ¿Qué le iba a poner? “¿Otro para vos?” Ya uno es suficiente. Con estos últimos casi que pierdo la cuenta.

En verano me agregó a Facebook. La nena es preciosa, igual a él. No le vi fotos con minas, algunas con amigos, siempre con la nena. No es muy expresivo, puso un tema de Creedence que me hizo acordar al día en el que me sacó a bailar en Cerebro. Me volvía loca en ese momento. Y yo tenía una cintura de avispa tan divina que todavía pienso por qué no fui más viva y aproveché mi juventud para pasarla un poco mejor, sin tantos complejos.

Me borró de Facebook en Febrero. Un hijo de puta. Claro, seguramente se sentía perseguido y no, nunca quiso nada serio con nadie. Siempre fue igual. Le pregunté al más grande y me dijo que salvo que ponga algún comentario o “Me gusta” en las publicaciones podía perseguirlo tranquila. Le di un cachetazo y lo mandé a hacerse la cama y ordenar un poco ese desastre que era su cuarto. Capaz fue porque vio que yo subo muchas imágenes de la Virgen de Guadalupe y no es tan católico, andá a saber. Y eso que ya desde enero no subía más de esas, por las dudas, para ver.

En marzo me lo volví a encontrar. En el mismo lugar. Estaba un poco más bronceado. Cancún, por lo que me dijo. Se debía un montón de días y aprovechó a juntar todo e irse un poco más. Él solo me dijo lo de Facebook. Que lo cerró porque no le gustaba el puterío que se armaba y porque entendía la mitad de las cosas. Le dijo que tenía razón, que yo también estaba pensando en cerrarlo. Me invitó a tomar algo pero le dije que no, que así estaba bien. Creo que lo entendimos. Ese día publiqué un par de oraciones de San Antonio y San Benito que estaban lindas.

Me casé con Guillermo después de dos años de conocernos y salir. Un tipazo, los nenes están chochos, además él no tiene hijos así que para mí mejor. La verdad me siento muy feliz, nunca pensé que rearmaría mi vida después de ese desastre de la separación. Me lo presentó una amiga de mi hermana en un cumpleaños, la empatía se dio enseguida. Las mejillas siempre chocaron sin problemas. Me acuerdo el primer beso pero los demás ya me los olvidé. Conseguí trabajar desde casa, él me ayudó. En la misma oficina, pero es mucho más relajado. Puedo pasar más tiempo con los chicos y con él. A veces los lleva a los nenes a la escuela, a veces yo. El último miércoles, tres días antes de casarme, se lo conté. No le molestó, él también estaba en pareja hacía unos dos meses. Nos felicitamos, no sé, fue lindo. Me puso contenta, es un buen tipo, trabajador, la nena es preciosa.

Nunca se lo dije a Guillermo, ni se lo voy a decir. Yo lo amo y no siento que lo traicione en absoluto, esto es otra cosa, muy diferente. Es parte de mi vida y no es nada que me avergüence ahora. Empezó así y sé que algún día va a terminar. Quizá en algún número redondo, el trescientos o algo así, largue. No sé cuántas semanas tiene el año, capaz redondeo.


Para mí, al menos por un tiempito más, los miércoles son los miércoles de pico. 

En vuelo

Miles de bandadas de pájaros levantan el vuelo
Pero yo me quedo acá
Miles de naves zarpan con el viento
Pero no me muevo

Cuál es la prisa por llegar
Si al ver el sol un día nuevo viene a vos
No me interesa regresar o volver o despertar
Para mí siempre estoy en vuelo

Yo no me voy porque siempre me muevo
Yo nunca vuelvo porque yo soy movimiento
Yo nunca paro porque siempre estoy y vuelvo y quiero
Si no vas a mi ritmo no te preocupes, yo te espero

Sé que levantaremos algún día juntos este vuelo.

viernes, 17 de octubre de 2014

Perfume.

Lo peor igual fue ayer. Fui a la casa de mi hermana y lo sentí por todos lados. “Pitá”, “pité”, no sé cómo se llamaba el perfume, pero era el mismo olor. Mi hermana me preguntó si me sentía bien porque estaba temblando como una hoja, pero no le iba a decir nada, viste, me parecía cualquiera. Le dije que tenía náuseas, o alguna que otra boludez, y me fui rápido con mis sobrinos al parque. No les di ni bola a los pibes, sentía que me perseguía por todos lados el olor, hasta en los toboganes, como una catarata. Me acuerdo que un amigo o un tío mío me dijo una vez que el olor se guarda en la memoria como si fuese algo exacto, o sea, no hay dos olores iguales. Viste el olor a gente, no sé, las almohadas de mis viejos las distingo al toque. Pero este es raro, porque siento hasta el olor de su cuerpo en el perfume. Era demasiado de ella. Y encima rico.
Conté muy poco de Natalia. Empezó como sexo fijo, así, bien relajado, en su casa, algún llamado para ver cómo estaba. Después me enteré lo de la bipolaridad, el día que la echaron del laburo. Yo no tenía nada que ver, yo iba a hacer algo que era más, cómo lo digo, “corporal”, ¿entendés? Yo quería coger, y bueno la mina era un mar de lágrimas y ahí me quiso tirar el celular por la ventana. La quería matar, aparte yo no entendía nada, no la conocía mucho, pero ese día casi que me enamoré. Me quedé esa noche con ella y ahora que lo pienso fue la primera vez que me parece que hicimos el amor. Vos viste cómo soy, yo le esquivo un poco a las relaciones, no quiero pibes, no quiero quilombos, ya no tengo veinte pero tampoco me interesa sentar cabeza, menos con una loca. Las pastillas… tomaba más que mi vieja con el tema del corazón. Para mí siempre estuvo mal diagnosticada. A la mina le sobraban pastillas pero le faltaba como… como cariño, ¿captás? Igual llegaba un momento en el que me hacía planteos medios complicados y yo me tomaba el palo un tiempo. Pero tenía un culo, hermano… un cuerpo, y ella tampoco pendeja eh, pero todo bien paradito, carnoso, me contó que hacía danza árabe así que te imaginarás cómo se movía… una vez la fui a ver a una muestra con la madre, casi me corto las bolas. Todas gordas, viejas, la madre… pero te juro que ella con ese lomazo se llevaba el Oscar… me daba un poco de cosa verla así tan destapada, hasta me imaginé que  algún otro tipo también se la movía, y ese día me dio un poco de, no sé, casi celos. Pero ahí de nuevo pensé en lo de las pastillas, que ella no estaba tan mal, que capaz estaba sola. Puta che, y me acuerdo del perfume de nuevo, ¿ves?
Cuando volví de Chaco la llamé porque había pasado como un mes y medio. Me pareció raro que no me haya respondido para año nuevo, pero bueno, la cosa no era seria así que me desentendí, pero ya algo me picaba raro. La llamé un par de veces  al departamento pero nada, ni mensajes, cero la mina. Más o menos una semana después del último mensaje recibí el llamado de la hermana.
Me acuerdo que vi el accidente por la tele. Escuchar a la hermana me shockeó mal. Era el mismo tono de voz. Me dijo que había levantado mis mensajes pero que todavía no tenía fuerzas para hablar mucho con nadie, pero que Natalia un par de veces había hablado de mí y le parecía que tenía al menos que contarme cómo fue. ¿Qué loco eso, no? Saber que capaz en una mesa familiar salió mi nombre, que Fabi esto o lo otro… no sé, yo nunca hablé de ella en otro lado, como que me la reservaba para mí, ¿entendés?
 Una negligencia del pelotudo que manejaba. Pisó la banquina. De los cinco se salvaron todos menos ella. Yo miré la noticia, te juro que la miré porque me había llamado la atención que de cinco sólo le toque a uno. Esas cosas de mierda de la vida, por qué no se habrá muerto el forro que manejaba a los pedos…
Antes del otoño pasé por Chacarita. A mí mucho esa movida no me gusta, viste, pero no sé, sentía como que tenía que pasar. Yo misa cero, religión cero, pero no sé, me llamó. Una vez me dijo que le gustaban las fresias y antes de entrar me acordé. Se las compré, me pareció cualquiera pero fue la primera vez que le llevé un regalo. Y lloré, boludo, lloré como nunca en mi vida. No sé, sentía tanta impotencia, una mina joven, linda, con proyectos, con unos mambos de mierda en la cabeza pero siempre tratando de salir… capaz me dio bronca las flores, comprárselas así, ahí, no sé, pero me mató.

Este último mes olí el perfume varias veces por la calle, medio que inconscientemente pienso yo, buscándola ahora que sé que no la encuentro más por la calle. Hay miles de minas que usan el mismo, que están mucho más buenas, lo usa mi hermana, pero qué se yo. No de estúpido, no sé. No me parece así, solamente que era el mismo olor y, bueno, a veces me pasa que la extraño.

jueves, 18 de septiembre de 2014

Energía.

Una corona me pesa en la cabeza.
Los ojos cerrados.
Una mariposa atragantada.
Tengo una estrella atorada en el pecho.
Un sol apagado.
Rompí un espejo para no mirarme.
Olor podrido en el ambiente.

Regresar.

Cuando regresé
La piedra todavía me quemaba los pies

No estaba bien, no estaba bien
Regresar no estaba bien
No te preocupes
Se volver en silencio

Esperaré, esperaré
Para volverte a sentir otra vez
Esperaré lo que tenga que ser
Aunque tal vez no sea,
Esperaré

Ya no temo a la tempestad
Porque aprendí que en el fondo está la calma
Ya no temo regresar
Porque nunca se vuelve
Siempre se empieza
y ahí está la calma.

La rueda.

Soberbia de decir que estás diferente
Crecer no es alejarse
Es aceptar el presente

Te quisiste alejar
Y seguís dando vueltas en el mismo lugar

No lo podes dejar
Porque sabes que la ruta siempre
Termina acá

¿Dónde estuviste todo este tiempo?
Yo seguí acá
Pasándola más o menos bien
Probaste nuevas pócimas sin vomitar
Pero quién sabrá
Quizás no hay nada mejor que el hogar.

martes, 27 de mayo de 2014

Faro.


Desafiamos las leyes del tiempo y la distancia
Cuando aprendo a escuchar a lo lejos, tu voz.
Sabe cantarme al oído ese latido sin fin
que me indica simplemente que estamos vivos
todo el tiempo vivos.

Llegará ese día, te despertarás
Y sentirás la realidad de las cosas que hoy no parecen importar.
Aunque hoy las cámaras apunten a otra guerra.
Aunque acá lloremos y allá corran entre hierbas.
aunque haya faros enterrados bajo tierra.

Todo tiene sentido alrededor, si sabés cómo mirar
Son las cosas simples, pequeñas
que vemos sin observar
las que a veces olvidamos
las que hacen sentirnos vivos
y nosotros sin encontrar consuelo por mirar hacia arriba.

Llegará ese día, te despertarás
Y sentirás la realidad de las cosas que hoy no parecen importar.
Aunque hoy las cámaras apunten a otra guerra.
Aunque acá lloremos y allá corran entre hierbas.
aunque haya faros enterrados bajo tierra.

lunes, 21 de abril de 2014

Partes del todo.

hueso hueso

el tono de tu voz

pierna, hueso

timo hueso

bazo pierna hueso

            corazón.

Caminos.

SOSTENGO      TENGO
HUMANOS         MANOS
HUELLA             ELLA
CRECIENTE      SIENTE
CRECE               ESE
FUERA                ERA
                   YO.

Improvisar.

Todos estamos improvisando.
Fracciones de fracciones
voces sobre voces
tenemos algo.
Que se escabulle
que es imposible de nombrar
qero ahí está.
Todos estamos improvisando
algo que se nos escapa todo el tiempo
Entre los cuadernos usados que ya nadie va a leer
Entre los espacios en blanco que                            dejamos para rellenar.

No tenemos nada.
Sí. Tenemos algo.
Algo que se escabulle y se esconde
Y se repetirá
Y nosotros como astillas, como escamas
Como fracciones de fracciones
Entre agujeros ya usados

Improvisar, improvisar.


jueves, 20 de marzo de 2014

Espero.

Mientras te espero
Arranco la hierba del suelo
Me pongo a pensar, veo los pajaros pasar
No sé cuanto más vas a tardar en volver pero te espero.

Y mientras espero veo
La nube que pasa en forma de tu sonrisa
Y en las flores amarillas veo tu pelo.

Y espero
Espero que la vida nos vuelva a encontrar
Espero que la gente nos mire caminar
Espero que vuelvas y vuelvas a ser lo que siempre fuiste para mí.

Camino y espero y camino y espero y camino

Y no sé de qué manera te volveré a encontrar
Si en pájaro, si en nube, si en un abrazo nuevo
Hay que estar atenta pero igual, dejarse llevar

Te espero.

miércoles, 22 de enero de 2014

Visita.

Vengo de visita
No me quedo mucho tiempo
Vine solo a dejar
Lo que tengo, lo que siento.

No levantes la voz, yo me marcho tranquila
El viento corre deprisa y ya soy parte del viento.

No te extrañes
si ves que no vuelvo con nada
Lo que soy, es lo que dejo
Y ya soy parte del tiempo.

El viento corre deprisa y ya soy parte del viento.

martes, 14 de enero de 2014

Héctor.

Héctor. Ya empezás tu vida con una letra que es al pedo. Y en silencio. Siempre, como todo. Callado y al pedo. Si hubieses nacido en Estados Unidos podrías haber sido más útil, quizá. Jéctor. Ni siquiera, suena como una flema pegada a la garganta. Y es que siempre fuiste eso, Héctor, mudo, al pedo, como una flema. No te alcanzó nada de lo que pasó entre nosotros. Calladito, así como llegaste, te fuiste. Ni una bombita, Héctor, ni un cuerito cambiaste. Inútil, totalmente inútil, todo delegar, todo mandar a que hagan otros. Siempre te jactaste de tu nombre porque es mitológico. ¿Será porque no existe, porque es una invención humana para dar respuestas a lo que uno no sabe? ¿Es así entonces? Arrastraron el cadáver de tu tocayo en un carro, igual, no te fue tan bien. No lo leí pero seguramente se lo merecía. Héctor, mudo, al pedo, una flema, una mentira inventada.
Te amé como nadie, Héctor. Como nadie y así fue como pasaron las cosas. Me encantaba ese enigma que llevabas con vos a todos lados. Tenía ganas de descubrirte, de saber más, de entender qué era lo que se escondía ahí atrás. Me fascinaban Siempre hacías planes, que vayamos para acá, que salgamos por acá, y nunca nada. Siempre todo en la nebulosa, en el proyecto que se quedó ahí. Ahí, sentado en cuero tomando mate, mirando el patio y proyectando pelotudeces. Cortá el pasto, mudo, flema, ¿tanto lo mirás y no te das cuenta de que hay que cortarlo? La H es muda en español y vos también, Héctor. Un parásito de la lengua. Sin lo que te sigue no sos nada.
Héctor. Mudo. Al pedo. Una flema. Una mentira inventada. Un cero a la izquierda.
Menos mal que dejarte es lo mismo que seguir sola.


Elena.

Toda la vida.



Rita no advirtió las tres pequeñas lentejuelas verdes que cayeron en el piso cerámico, haciendo un suave contraste con la luz que entraba por la ventana. No le entraba. Y no, no, no. No había caso. Respiró hondo, haciendo que subiera el aire más hacia el pecho y consiguió cerrarse el bendito traje. De adelante estaba casi bien, pero su espalda era una catarata de arrugas verticales, algunas más grandes, otras más pequeñas.
A Mario le sorprendió lo chica que era su cintura en esa época. Sentado en un banquito, en la habitación de al lado, con los codos apoyados en sus rodillas, miraba atónito su diminuto trajecito amarillo. “Es una locura”, pensaba. “Parece un chiste. Esto es una estupidez”.
La cocina estaba en silencio. Sobre la mesada, una gran cantidad de fuentes envueltas en nylon dejaban ver sándwiches de miga, piononos cortados, dos piñas enteras traídas por Luis y tres o cuatro fuentes de ensaladas. Una gran fuente de ensalada rusa coronada por un film, era el centro de atención.
El patio dejaba que los pequeños pájaros volaran y corretearan por las guirnaldas entrelazadas con las parras. Diana había ido a comprar esa tarde un par de luces de colores, pero se las tuvo que arreglar forrando con papel celofán un par de lámparas de su casa, ya que estaba todo cerrado. En el centro, una mesa vacía con un mantel que alguna vez fue blanco, y un par de sillas de plástico apiladas en un costado, al lado del radiograbador negro, dejaban el clima preciso para esa noche. El moho sólo crecía en los intersticios de las baldosas de cemento sueltas del patio, y el jazmín de flores diminutas explotaba en colores blancos y verdes encaramados a la glorieta.
Una voz femenina, carraspeada por los años, resonó por los pasillos de la habitación de la casa:
-          ¡Apúrense! ¡Los quiero a todos en el patio!
A lo que Mario respondió:
-          ¿Te dejás de joder, por el amor de Dios?
Franco abrió con sigilo la puerta de la habitación de Mario. Asomó levemente su torso desnudo.
-          ¿Te pelaste recién? – dijo Mario, mirándolo.
-          Tampoco era que tenía mucho, Marito... – dijo Franco riendo y pasando su mano desde su frente hasta su nuca.
-          Marito... bah, esto es una pavada, no sé ni por qué vine. Mirá ese traje, parece una muestra gratis. Todo esto es una porquería, ¡una porquería!
Franco cerró la puerta detrás de él. En una de sus manos nudosas y arrugadas, llevaba un manojo de plumas rojas y naranjas. Las dejó en un pequeño banquito cerca de él y se acercó a Mario, que ya estaba mirando por la ventana.
-          A todos nos dolió. Creo que a vos más que nada, pero, ¿por qué perdernos de esta oportunidad de festejar juntos de nuevo?
Mario terminó de irritarse. Su expresión era de rabia, se rascó con violencia el hombro y comenzó a gesticular con ambas manos, tocándose su arrugada frente, señalando en todas direcciones y haciendo montoncitos con sus dedos.
-          Bah, festejar, ¡qué querés festejar, Franco! ¡Esta fecha es una porquería, entendés, nos estamos engañando a nosotros mismos! Encima gasté plata de la pensión en los pomos, y toda esa cosa de la cena, y los trajes. ¡Los trajes, Franco! ¡Qué querés, qué carajo querés! Y no me vuelvas a tocar el tema de Graciela, te lo pido por favor.

Rita lloraba sentada sobre la tapa del inodoro del baño. Sus manos sobre la cara apenas dejaban ver el maquillaje negro corrido en líneas verticales por su cara. Se sentía horrible. La puerta volvió a sonar.
-          Ri, querida, abríme la puerta, por favor.
-          Llamáme un coche, gringa – dijo Rita, sin dejar de sollozar.
-          De acá no se va nadie, ¿para qué viniste sino? Dale, abríme por favor.
Rita se incorporó apenas y dio dos vueltas de llave, todavía sentada en el inodoro. La puerta se abrió rápidamente y Diana la cerró tras ella. Vestía un corpiño azul de lentejuelas y un pantalón de algodón gris. Rita rió levemente al ver su aspecto.
-          Estás hecha pelota, gringa – le dijo mientras sacaba un trozo de papel higiénico del rollo a su izquierda.
Diana tomó entre sus manos su panza, y la movió suavemente hacia arriba y abajo.
-          La bombacha la guardé, no me entra todavía en la cabeza cómo me la podía poner.
-          Te la pusiste, es que te quedó abajo del rollo – dijo Rita con seriedad, señalando las carnes caídas de su amiga.
-          No cambiás nunca, vos, eh…
Ambas se miraron. Una risa tímida brotó de la boca de Diana, que terminó en dos carcajadas estridentes, llenando todo el pasillo.
-          ¿Y ahora de qué se ríen? ¿Qué hora es, negro, falta mucho? – Irene forcejeaba con el último rulero de su cabeza y tratando de mantener sus anteojos, de gran aumento. Del otro lado del cuarto, Luis la miraba, envuelto en una bata blanca con varias manchas de salsa.
-          Ay, es que este rulero, se me engancha, negro… no sé.
Luis se acercó a ella sonriendo, y le quitó del pelo rubio  la única pinzita de aluminio, que ella no estaba viendo. Observó con ojos amorosos las canas que siempre ella trató de disimular. Recorrió cada arruga, y descubrió aquellas que le hizo él, a base de sonrisas, de momentos vividos juntos. Cruzaron sus miradas, gastados por tantos años. El amor seguía siendo el mismo. El rulero cayó al piso, ninguno de los dos se agachó a recogerlo.

A las ocho en punto, Diana salió al patio con un casette transparente en la mano. Lo colocó en el equipo con suma torpeza y luego lo encendió. La música se escuchaba muy baja, por lo que subió el volumen a su máxima potencia. Una canción instrumental muy movida sonó, haciendo que el pareo de Rita se bamboleara en sus caderas al ritmo de sus caderas flácidas y la música que tanto supieron bailar. Los colgajos debajo de sus brazos acompañaban su movimiento al levantarlos en el aire. Irene y Luis llegaron, cada uno con una de las fuentes de la cocina en la mano. Ambos vestían sus trajes de la adolescencia, su vejez no les impidió en ningún momento decir que no al llamado de su vieja compañera de corso. Dejaron las fuentes sobre la mesa y volvieron a entrar a traer el resto. Diana, Franco, Mario y Rita aún no aparecían.
-          Nunca en tu vida vas a venir a ayudar en la mesa, ¿no? – gritó Irene por arriba de la música.
Más tarde, sentados en la mesa, con sus trajes puestos, los compañeros de corso charlaban y se pasaban las fuentes de ensalada. Las sillas de Franco y Mario seguían vacías.
-          No querida, gracias, no puedo – Diana miró un instante su estómago – Divertículos… - dudó - pero qué mierda, pasáme un poco que lo pruebo.
-          Después del postre, viene el cóctel de remedios – Luis hizo que las mujeres rieran con ganas. Irene le acarició con suavidad la mejilla arrugada.
Franco llegó a la mesa con su traje de lentejuelas naranjas. Sobre sus hombros, un arnés con plumas encorvaba aún más su vieja espalda. Se lo quitó, dejándolo en el suelo, se sentó en la mesa y se sirvió una rodaja de pionono.
Casi cincuenta años habían pasado desde la última comparsa juntos. Casi cincuenta años prácticamente sin verse, con más o menos contacto, evolucionado en el tiempo, desde cartas, llamados, eventuales correos.
Diana los miró con ternura, y se dirigió a Franco:
       - ¿Cómo estaba Mario? No pensé que se iba a poner así.
-          No aguantó. Se pidió el coche y se fue. Me dijo que se vayan todos a la mierda.
Silencio. Sólo el sonido de la grabadora y los cubiertos. Diana se agachó con dificultad y se puso de pie frente a sus invitados. De abajo de la mesa, había sacado un pomo de espuma, que se encargó de esparcir por todas las caras.
      - Bueno bueno, basta de comida, manga de viejos. ¡Vamos que recién empezamos!

Los ancianos, disfrazados con plumas y lentejuelas, se levantaron torpemente de sus asientos,  con sus achaques, su vejez. Cada uno tomó el pomo junto a sus vasos, y se dirigieron a disfrutar del que quizá sería su último baile de carnaval.