Justito ahí.

Justito ahí.

martes, 14 de enero de 2014

Héctor.

Héctor. Ya empezás tu vida con una letra que es al pedo. Y en silencio. Siempre, como todo. Callado y al pedo. Si hubieses nacido en Estados Unidos podrías haber sido más útil, quizá. Jéctor. Ni siquiera, suena como una flema pegada a la garganta. Y es que siempre fuiste eso, Héctor, mudo, al pedo, como una flema. No te alcanzó nada de lo que pasó entre nosotros. Calladito, así como llegaste, te fuiste. Ni una bombita, Héctor, ni un cuerito cambiaste. Inútil, totalmente inútil, todo delegar, todo mandar a que hagan otros. Siempre te jactaste de tu nombre porque es mitológico. ¿Será porque no existe, porque es una invención humana para dar respuestas a lo que uno no sabe? ¿Es así entonces? Arrastraron el cadáver de tu tocayo en un carro, igual, no te fue tan bien. No lo leí pero seguramente se lo merecía. Héctor, mudo, al pedo, una flema, una mentira inventada.
Te amé como nadie, Héctor. Como nadie y así fue como pasaron las cosas. Me encantaba ese enigma que llevabas con vos a todos lados. Tenía ganas de descubrirte, de saber más, de entender qué era lo que se escondía ahí atrás. Me fascinaban Siempre hacías planes, que vayamos para acá, que salgamos por acá, y nunca nada. Siempre todo en la nebulosa, en el proyecto que se quedó ahí. Ahí, sentado en cuero tomando mate, mirando el patio y proyectando pelotudeces. Cortá el pasto, mudo, flema, ¿tanto lo mirás y no te das cuenta de que hay que cortarlo? La H es muda en español y vos también, Héctor. Un parásito de la lengua. Sin lo que te sigue no sos nada.
Héctor. Mudo. Al pedo. Una flema. Una mentira inventada. Un cero a la izquierda.
Menos mal que dejarte es lo mismo que seguir sola.


Elena.

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