Justito ahí.

Justito ahí.

viernes, 25 de marzo de 2011

Me enamoré de un Luthier.


Me enamoré de un luthier en un claro de ciudad

Rincón de ángeles entre el bullicio

Arcadas de antiguas creencias

puro blanco en el tedio,

una luz de esperanza en la voracidad.


Me enamoré de un luthier, una tarde de frío

escondida en una grieta lo miraba talar

recorría sus manos y el acompasado sonido de su pecho

me intrigaban sus ojos, que jamás salieron de la madera.


Mis antiguas tripas se revolvieron y mi corazón vibró.

Cómo hacerle conocer que en un instante creí

por pura ilusión o profunda soledad

que creí amarlo por un segundo

sólo en un breve lapso de lucidez en mi corazón.

Me enamoré de un luthier, que jamás me miró.

Y en un susurro del viento, secretamente le di mi alma

para que la tale, la pula,

la acaricie, la contemple terminada como su obra maestra,

que sonría de satisfacción al acariciar mis cuerdas.


Y cuando se eleve en la voz del bosque en su melodía perfecta

descubrirá en el viento, que llevaba mi deseo vehemente

de ser parte del ébano que sus manos moldearon.

sábado, 19 de marzo de 2011

Un posible viaje al mar - VII


Algún día en el camino del llano

El eclipse me encontrará dormida

Ningún lobo aullará en mi nombre o en mi ausencia.

En el camino del llano, algún día

Sólo las sombras huirán y los ceibos callarán

Y el agua lavará pura los muslos de los que corren.

Alguna vez, allá en el llano

Mi cuerpo caerá rendido al atardecer de una orquídea

Mis manos sudarán viejos rencores

Que se evaporarán con la luz de aquellas velas

Para así poder decir, de una vez por todas

Que el alma y la mente, son una sola cosa,

Una eterna e indecible.

Un posible viaje al mar - VI

Es esa violencia dulce y descarada.

Tres palabras resumen el sentido de este viaje

Hay una valija vacía y abierta sobre la cama

Y las ventanas retumban con la furia del viento.

No existe nadie en el mundo que pueda acompañarme

Las grietas juegan carreras por el prado

Las nubes luchan, negras e insistentes

En el valle de las mujeres me aguarda la lluvia.

Una valija vacía.

Un posible viaje al mar - V

Y con delicadeza le quitó las vendas a la noche y le curó las úlceras
Pero el alma es débil y hierve de frío
Aunque las vendas en su mano se desintegran de odio.
La cura es otra y no está en este vacío
La sal duele y se maldice a sí misma.
Todos le dijeron que no era necesario,
Pero el terco no entiende de consejos.
Nunca llegará a su objetivo
Y ahí lo ves: cada vez más impío,
soñando con un trozo de campo azul
cuando los ojos ciegos no dan cuenta de la belleza de sus propias manos.
Ya no se acaricia la cara
No recuerda su nombre, el sonido de su voz.
Obstinado, cree en la cura de un dolor insospechable de su alma
que pide a gritos que la dejen en paz.
Atrás dejé al caminante
Herido por su propia llaga
Cuando no quiso darme de beber.

Un posible viaje al mar - IV


No estoy segura si realmente es hacia el mar.

O si ese rincón es mi lugar en el mundo.

Quiero dejarme llevar por la marea

Y al mirarla descubro que es abrumadora.

La sal abre una grieta en el medio del agua clara

Y por ella se cuelan cinco almas errantes

No recuerdo cuándo fue la última vez que la vi

Quizá ya se fue con la pleamar

Y nunca más la veré.

La espuma vomitará su cuerpo inundado

Caerá inerte sobre la arena

Y yo seré un futuro náufrago, sin saberlo jamás.

Un posible viaje al mar - III (Vivo y fuerte)


Es aquél maldito sonido el que mantiene mi pupila desvelada

Y se graba en la curva interna de mi ojo.

Que una cáscara no de pena

Es un capricho de la naturaleza.

Corro por el prado sin miedo a ninguna espina.

Vivo y fuerte es el sentimiento que me impulsa a correr al mar.

Mi alma está helada esta tarde

Mis muslos chocan contra las olas y mi respiración se hace salada.

El corazón se sale de lugar y vaga errante por la espuma marrón y carmesí.

Cuando el horizonte es vasto la cáscara se avergüenza.

Pero ya no tengo miedo.

Un posible viaje al mar - II

Hoy el viento sopla y quiere derribar las tres puertas de la casa

El silencio es agotador, nadie habla, todos temen.

Sólo los ojos están cerrados, pero cada cuerpo escucha y vaga errante

Arañando las grietas de las paredes a su paso.

Sólo un recuerdo queda de aquél mundo

Que alguna vez nos abrió los ojos por vez primera y nos quitó el aliento

De tan puro e inocente

Un recuerdo vago, que quizá ya hemos olvidado.

Hoy las ruinas hablan y nos lastiman a cada nuevo paso.

Abrimos los ojos y nos miramos con melancolía

El viento irrumpe en la casa arrancando las hojas de los libros

Ya parece que nada es posible

Que nada alcanza

Que las almas se vacían y moldean como agua en un cántaro rajado.

Pero hoy, ven:

A este rinconcito de oscuridad latente, a ese hueco de soledad armada

Que te entiende y sintió aquella ráfaga una vez, allá en el gris,

Ven, quítate las sandalias

Deja las espinas y el alma descansando en el suelo

Recuéstate sobre esta llanura naranja, y deja que te bese el pecho una y otra vez

Hasta que duermas exhausto

Deja que se me impregne el olor de tu espalda mientras el alma vuelve a su lugar

Y duerme, en la calma tibia de haber ganado, al menos, una batalla.

Un posible viaje al mar - I

El agua lo nace y el aire lo lanza

Corro, piedra, camino.

Solamente damos tiempo

Creo, celebro, vivo.

Arrastro una emoción violenta

Peso, cargo, sigo.

La rutina de la boca es el beso

Pujo, intento, recibo.

Un posible viaje al mar

Corro, creo, peso, pujo,

Vivo.

jueves, 10 de marzo de 2011

Llamada.

Después de anotar el número telefónico, guardó la pequeña agenda escolar junto con la foto en la caja. La embaló nuevamente, y se dirigió al teléfono, entusiasmada. Le tembló un poco la mano, quizá por la emoción, o la incertidumbre. Marcó. El pitido sonó tres veces antes de que contestaran. La voz de un hombre preguntó quién llamaba. Ella le explicó con simpatía, claro que se acordaba de él. El hombre habló en su oído, y retumbó en la mente de la mujer. Hubo un silencio. La cara de ella, cambió. Ya no sonreía. Alejó un poco el teléfono de su oreja. No sabía qué contestarle. Le agradeció de todas maneras, y lamentó haberle hecho recordar. Antes de cortar, le dijo con un hilo de voz: “Disculpáme, es que para mí, murió hoy”.

martes, 8 de marzo de 2011

Lecho de muerte.


Aquí estoy. De nuevo. Se acaba de ir hace unos minutos. Pocos minutos, que se sumarán para ser una eternidad. Otro, que no volverá a mi lecho.

Mi cama es un lecho. Le saco sus múltiples mortajas, las aplasto entre mis manos. Las estrujo en mi pecho y las tiro al suelo en una esquina, todas sucias.

Mi cama, es mi lecho. Ahí está, expectante, inmóvil, esperando mi regreso. No me mira, simplemente, me aguarda, para que caiga en su pecho y me hunda en su confortable amor. Porque, sí, ella me ama, y por eso no me deja libre. Por celos. A ella no le gustan mis hombres. Los detesta, los escupe, los eyecta. Ellos se caen, se lastiman, se golpean siempre que están sobre ella. Me miran mal a mí, les molesta mi torpeza. Y yo les digo, “¡es la cama! ¡Ella es, no yo!” y la acuso una y otra vez. Salto sobre ella para herirla y les grito a mis hombres “¡Es ella, es ella!”. La acuso con mi dedo, la destruyo con mis pies, mis pataleos, pero no hay caso. Ellos, le creen a ella, y se van. Mi cama no los quiere, es tan celosa. Me tiene cual reina en un castillo de resortes. Resortes que empujan, que atraen y repelen, atraen y repelen, una y otra vez, a mis hombres. A mí misma.

Mi cama es ese lecho. Abro uno de los cajones de la cómoda (que no me cae muy bien), y me entrega las mortajas nuevas, floreadas. Tienen perfume, no le gustan si no tiene y si la cubro igual, los escupe nuevamente. Por eso me guardo de siempre ponerle un aroma agradable. De flores, siempre de flores. La tapo, la protejo con las sábanas de flores. Está preciosa, prolija, sugestiva. Mi cuerpo entra en contacto una vez más. Acaricio sus llanuras, sus curvas. No la miro, sino que la huelo, la huelo y recorro cada centímetro mientras la acaricio. Y me hipnotiza, me condena. No puedo escapar a su belleza. No pueden entender la soledad a la que ella me condenó para siempre. Le doy un beso, no sé por qué. La miro. No puedo evitarlo, siempre termina ganándome.

Me acuesto en ella, que me ama. Huele a flores. En el medio de su Ser, estoy yo. Sólo yo, en mi lecho. Cruzo los dedos de mis manos sobre mi estómago. Huele a flores. Cierro los ojos. Y me duermo aquí, para siempre.

viernes, 4 de marzo de 2011

Buenos Aires


Odiar es amar en negativo.

Y te odio Buenos Aires

Te detesto.

Siento en mis pies el hormigueo de la ciudad

Y pica, pica, pica

Y huele muy mal.

Te detesto Buenos Aires

Detesto tus calles llenas de arte

Tus ecos de subte melódico

Tus hombres de traje y tus mujeres de tacos.

Al escupirme cada mañana y saborear tu asfalto

Siento que no te pertenezco

Y te odio

Y jamás volvería a pisar tus calles frías.

Miro tus tangos y folklores

Esquivo tus limosnas

escribo tus pecados

Paso por alto tus insultos constantes,

y miro a las parejas besarse con descaro en las plazas.

Las observo aturdida,

porque no saben nada de lo que es ésto, esta ciudad.

Camino por el parque al atardecer

Y saboreo tus jacarandás

Observo tus pájaros y tu gente

Huelo tus rosas, arranco con violencia tu hierba

Y te respiro a la sombra de una glorieta...

Y volvería de cualquier lugar de este universo

Para seguir odiándote

Aunque sea un instante,

Una y otra vez.

Por qué decidí escribir (mi primer artículo publicado en www.e-absenta.com)

Por qué decidí escribir

“Uno es dueño de lo que calla, y esclavo de lo que dice”, me dijo mi madre en una tarde de mates y charlas acerca de la nueva ley de Radiodifusión que el gobierno quiere imponer en mi bello y sufrido país. “Quieren quitar puntos de vista, de luz, para que la oscuridad comience a reinar”, me decía mientras mirábamos las noticias (todavía no censuradas y que intentaban dar una explosión de pensamientos antes de que sean culpables de ello). La fría y calculadora sociedad… que termina aceptando todo por la fuerza o por su propia debilidad; aquella sociedad que jura la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad. Por muchos años mantuve esa postura, la del silencio, la de la reflexión visceral que sólo uno se puede dar. No era tan malo, pensaba al principio. La catarsis se vivía periódicamente en mi ser: observar al otro, ver cómo piensa, cómo se mueve, cómo reacciona ante una situación. Y yo terminaba también callada, sin opinar demasiado. ¡No vaya a ser que mi palabra ofenda, que destruya la calma aparente de la situación! ¡Pecado! ¡Blasfemia! Poco a poco (y con cierto dolor) me fui dando cuenta de que yo misma era lo contrario al consejo de mi madre, ya era una esclava de mi silencio. Esclava, con cadenas de eslabones firmes, incorruptibles. Cadenas tan invisibles y ligeras que no se sentían aferrándose a mi ser, a mi mente.

Pero un día hablé. Y hablé en un pequeño cuaderno blanco, vacío como tantos otros. Mi cabeza hervía. Hablé de la bronca que sentía hacia lo que estaba pasando. Le dije al cuaderno que sentía rabia de que la opinión de uno esté tan limitada, tan controlada. La tinta estalló en el papel como una bomba verborrágica que rompió el primer eslabón, y quizás, el más difícil de soltar: el de ese famoso silencio. Comencé entonces a ver aquella cadena que me ataba a la pared. La miré detenidamente a medida que se iba haciendo más nítida... esa que me unía a la pared del miedo a otro, a la crítica negativa; aquella pared que construí para que no me hieran, y para no herir tampoco, pero que resultó ser lo que más lastimaba de todo, la que oculta el pleno sol, la que fomenta al eco, al viento frío y a la soledad. Negar palabras es imponer distancias, el silencio no une. Y el silencio es la energía que se transforma para unir cada eslabón. Esa energía que hace que nos sintamos cómodos en el sillón del estatismo.

El principio de conservación de la energía dice que ésta no se crea ni de destruye, sino que se transforma. Si la energía es una propiedad de todo cuerpo y que se puede transformar, así como actuar sobre otros originando transformaciones... el silencio no va de la mano con ella. ¿Cómo uno puede moverse con el silencio?

El hombre es un ser que necesita comunicarse. Necesita movimiento.

A medida que se van rompiendo las cadenas, separando los eslabones, la energía que se libera puede ser tanto destructiva como regeneradora. Jamás lo sabremos si callamos. Pero el miedo del hombre a las circunstancias desconocidas lo convierte en un ser estático, enhebrador de cuentas, de eslabones. Y esa es la razón primera de por qué uno termina asfixiado. Inmóvil. Frío. Por la suma. ¿Por cuánto tiempo uno puede soportar una cadena tan pesada? No lo sé, pero yo no la quiero más. No deseo seguir ateniéndome a lo que dice el vencedor de la historia. Si bien al expresarse uno siente que se generan nuevos conflictos y ansiedades, ¿qué ansiedad puede ser peor que la incertidumbre? ¿Qué conflicto no es generado por la incomunicación? ¿Qué es más grande que el miedo al miedo mismo?

Y comencé a notar que no estaba sola. Que había gente que pensaba como yo. Gente que no quiere callar, que quiere decir, opinar, generar calor y luz con la transformación del frío y la oscuridad. Leí, leí y releí artículos que me acercaban cada vez más a mi misma y a ese otro tan cercano, y tomé varias resoluciones al respecto.

Quiero construir, pero no paredes con cadenas. Deseo transformarnos en una sociedad de albañiles de senderos por los cuales transitar, conocer, reír y volver a casa, porque también se necesita en cierto modo volver a las raíces. Senderos para caminar descalzo, sin miedo a las espinas. Caminos en los que nos crucemos con todos los demás, y que al verlos sonriamos de gozo al saber que van con nosotros. Que la necesidad del hombre a comunicarse no se vea impedida por ningún muro, y si los hay, tener las herramientas para destruirlo; aunque podamos quedar heridos un tiempo, también se puede cicatrizar, y esa cicatriz también puede servir de ejemplo de lucha.

Ayudemos al otro también a moverse. Y nuevamente pregunto, ¿cómo uno puede moverse con el silencio? Con la simple acción de hacer vibrar la voz en un papel. El único silencio con el que avanzo... es el que se encuentra detrás de una coma, de un punto y seguido.

Transformemos la energía y salgamos del sillón. Tratemos de que haya más cuadernos escritos que vacíos, más voces que silencio. Seamos dueños de lo que decimos, y no esclavos de lo que callamos.

Yo soy dueña de mi palabra, a capa y espada.

Por eso, me gusta tanto escribir.

Reflejo.

Un disparo de realidad rompió el espejo de la ilusión

Y sólo éramos un reflejo

Un rebote de luz

Encegueciendo alguna pupila a la distancia

Un juego de luces en vano

Una multiplicación infinita de un solo recuerdo

Una y otra vez vivido.

Hoy no encuentro tu mirada en ninguna parte

No sé de donde viene, si está en algún otro espejo

Si nunca fue realidad.

Los cristales cortan mis pies y no te veo reflejado

Aún creo distinguir tu espalda blanca y tus brazos recorriéndome

Y ahora sólo hay un circulo marrón frente a mi cara

No hay oasis, sólo un muro frío

¿Estarás del otro lado?

¿Será que ya no podré mirar otros espejos?

¿Que desconozca mi mirada por las mañanas?

¿Qué no pueda reflejarme ni en el vidrio de una calle?

Le doy la razón al ciego

Nunca pensé que mi vida era un simulacro

Que tu amor una tormenta

Y mi lágrima la lluvia.

No hay nada más inservible que un espejo roto

Ya siete años no son nada.

Disculpa, ya divago

Quizá sea el sueño

O la falta de ellos.

Hacia la luz.


Decidida, fui hacia la luz. Basta de oscuridad. Cuando me vi arrugada, cansada, y que nada me favorecía, di media vuelta, y volví.

Doce y cinco

Ahora que viajo en calabaza

Y el frío se cuela por los tajos de mis prendas

Ahora que estoy calzada, sólo con un zapato

Que me astilla lentamente la planta del pie

Con mis rizos desarmados tanto como mis ojos

Que no emanan lágrimas, sino un río entero

Miro hacia atrás, al tiempo que pasó

Y me pregunto, cuál fue el error

Que cometimos;

Para que aquel vals único, en el que nuestros cuerpos

Danzaban como cisnes en un lago gélido

Y tus manos no sólo rodeaban la curvatura de mi cadera

Sino que abarcaba mi alma, toda entera.

Me pregunto nuevamente, cuál fue el error

que cometimos

Nuestros ojos clavados en los del otro

Imaginando cómo serían nuestros hijos

O cómo los haríamos.

En una noche como aquella, quizás

En la que tu palma rozó mi muslo

Y mi pecho se hinchó, enmudeciendo al alma.

Si todo era tan bello

Tan puro, tan pleno...

Pero en mi corazón la impaciencia del tic tac,

Tic tac, tic tac, tic tac

No dejaba de delatarme.

Y al fin.

La mentira sonó, como las doce del reloj.

El trote no fue suficiente y me alcanzaste

Tu mano se aferró fuerte, pero yo lo fui más

La noche oscura fue mi compañera

Para huir rápidamente a este carruaje

Y olvidarme de tus ojos

De ese cuerpo

De esa palma

De esos hijos

Que alguna vez, en esa noche amé.

Y comprendo al fin, el motivo de mi huida

No huyo de la verdad, sino de la mentira

Me escapo del vestido, del zapato de cristal

No de tu sonrisa, huyo sí del vals

Aunque entiendo ahora, no se bien el final

Pero tengo la esperanza, del cuento terminar.

Y es por eso que me sigo preguntando:

Cuál fue el error

Que cometimos.

Cual fue el error

que cometí.

Ojalá espero


Espero que descifres

Lo que quiero, o no quiero decir.

Ojalá comprendas

Mi silencio

Mi falta de palabras

Mis manos por tu pelo.

Ojalá, y espero

Que yo también entienda.