Por qué decidí escribir
“Uno es dueño de lo que calla, y esclavo de lo que dice”, me dijo mi madre en una tarde de mates y charlas acerca de la nueva ley de Radiodifusión que el gobierno quiere imponer en mi bello y sufrido país. “Quieren quitar puntos de vista, de luz, para que la oscuridad comience a reinar”, me decía mientras mirábamos las noticias (todavía no censuradas y que intentaban dar una explosión de pensamientos antes de que sean culpables de ello). La fría y calculadora sociedad… que termina aceptando todo por la fuerza o por su propia debilidad; aquella sociedad que jura la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad. Por muchos años mantuve esa postura, la del silencio, la de la reflexión visceral que sólo uno se puede dar. No era tan malo, pensaba al principio. La catarsis se vivía periódicamente en mi ser: observar al otro, ver cómo piensa, cómo se mueve, cómo reacciona ante una situación. Y yo terminaba también callada, sin opinar demasiado. ¡No vaya a ser que mi palabra ofenda, que destruya la calma aparente de la situación! ¡Pecado! ¡Blasfemia! Poco a poco (y con cierto dolor) me fui dando cuenta de que yo misma era lo contrario al consejo de mi madre, ya era una esclava de mi silencio. Esclava, con cadenas de eslabones firmes, incorruptibles. Cadenas tan invisibles y ligeras que no se sentían aferrándose a mi ser, a mi mente.
Pero un día hablé. Y hablé en un pequeño cuaderno blanco, vacío como tantos otros. Mi cabeza hervía. Hablé de la bronca que sentía hacia lo que estaba pasando. Le dije al cuaderno que sentía rabia de que la opinión de uno esté tan limitada, tan controlada. La tinta estalló en el papel como una bomba verborrágica que rompió el primer eslabón, y quizás, el más difícil de soltar: el de ese famoso silencio. Comencé entonces a ver aquella cadena que me ataba a la pared. La miré detenidamente a medida que se iba haciendo más nítida... esa que me unía a la pared del miedo a otro, a la crítica negativa; aquella pared que construí para que no me hieran, y para no herir tampoco, pero que resultó ser lo que más lastimaba de todo, la que oculta el pleno sol, la que fomenta al eco, al viento frío y a la soledad. Negar palabras es imponer distancias, el silencio no une. Y el silencio es la energía que se transforma para unir cada eslabón. Esa energía que hace que nos sintamos cómodos en el sillón del estatismo.
El principio de conservación de la energía dice que ésta no se crea ni de destruye, sino que se transforma. Si la energía es una propiedad de todo cuerpo y que se puede transformar, así como actuar sobre otros originando transformaciones... el silencio no va de la mano con ella. ¿Cómo uno puede moverse con el silencio?
El hombre es un ser que necesita comunicarse. Necesita movimiento.
A medida que se van rompiendo las cadenas, separando los eslabones, la energía que se libera puede ser tanto destructiva como regeneradora. Jamás lo sabremos si callamos. Pero el miedo del hombre a las circunstancias desconocidas lo convierte en un ser estático, enhebrador de cuentas, de eslabones. Y esa es la razón primera de por qué uno termina asfixiado. Inmóvil. Frío. Por la suma. ¿Por cuánto tiempo uno puede soportar una cadena tan pesada? No lo sé, pero yo no la quiero más. No deseo seguir ateniéndome a lo que dice el vencedor de la historia. Si bien al expresarse uno siente que se generan nuevos conflictos y ansiedades, ¿qué ansiedad puede ser peor que la incertidumbre? ¿Qué conflicto no es generado por la incomunicación? ¿Qué es más grande que el miedo al miedo mismo?
Y comencé a notar que no estaba sola. Que había gente que pensaba como yo. Gente que no quiere callar, que quiere decir, opinar, generar calor y luz con la transformación del frío y la oscuridad. Leí, leí y releí artículos que me acercaban cada vez más a mi misma y a ese otro tan cercano, y tomé varias resoluciones al respecto.
Quiero construir, pero no paredes con cadenas. Deseo transformarnos en una sociedad de albañiles de senderos por los cuales transitar, conocer, reír y volver a casa, porque también se necesita en cierto modo volver a las raíces. Senderos para caminar descalzo, sin miedo a las espinas. Caminos en los que nos crucemos con todos los demás, y que al verlos sonriamos de gozo al saber que van con nosotros. Que la necesidad del hombre a comunicarse no se vea impedida por ningún muro, y si los hay, tener las herramientas para destruirlo; aunque podamos quedar heridos un tiempo, también se puede cicatrizar, y esa cicatriz también puede servir de ejemplo de lucha.
Ayudemos al otro también a moverse. Y nuevamente pregunto, ¿cómo uno puede moverse con el silencio? Con la simple acción de hacer vibrar la voz en un papel. El único silencio con el que avanzo... es el que se encuentra detrás de una coma, de un punto y seguido.
Transformemos la energía y salgamos del sillón. Tratemos de que haya más cuadernos escritos que vacíos, más voces que silencio. Seamos dueños de lo que decimos, y no esclavos de lo que callamos.
Yo soy dueña de mi palabra, a capa y espada.
Por eso, me gusta tanto escribir.