Justito ahí.

Justito ahí.

jueves, 29 de septiembre de 2011

Mudanza.

Mudanza

“Nadie podía intentarlo, porque esta puerta estaba reservada solamente para ti. Ahora voy a cerrarla.”

Ante la Ley, Franz Kafka.

Bien, pensé que esto iba a ser un poco diferente. Tampoco me desagrada, no, es sólo que… no sé, es esa sensación de estar esperando una cosa un poco mejor, o algo distinto. No es malo, al contrario, es un buen sitio, pero… bueno, basta. El lugar no es malo y punto. Parece limpio. Es más, apostaría a que nadie vino aquí antes. Está como a estrenar. Es sorprendentemente luminoso; el ventanal, lleno de luz. Las cortinas blancas quedan de lujo. No había pensado en eso, me gusta. Gabriel me dijo que iba a conseguir un buen lugar para mí, me lo prometió. Es tan bueno conmigo…

Tengo que dejar las maletas en algún lado. No pesan mucho, no hay muchas cosas para traer en realidad: tres o cuatro libros, entre ellos, claro, Ficciones. También traje uno de Kafka. Es más, en el camino para venir aquí, estaba leyendo “Ante la Ley”. Imaginaba que los guardias eran los empleados del peaje, miré atentamente a las dos personas destinadas a tal empresa, pensando en su curioso trabajo de permitir que la gente pase sólo con la opción de dar algo de uno mismo. Simultáneamente, pensaba en todas las cosas que les había dejado, para llegar hasta este punto: amigos falsos, algún que otro recuerdo amargo, mi familia, ciertos gustos de mi paladar, los martes de facultad, quince pesos, la cabeza en ese estado cuando uno no piensa en nada… es decir, la típica mente en blanco, también un par de insomnios… Sí, todo sería nuevo desde ahora. Traigo un solo disco (en vinilo, por supuesto, le dije expresamente a Gabriel que yo no escuchaba ningún tipo de formato de audio que superara a los viejos discos de pasta), mi preferido, “The Dark Side of the Moon”, regalo de mi padre y reliquia personal. Un compañero de mi secundaria me dijo que tenía un ejemplar, que era de su papá, y que estaba sin abrir. Increíble, nadie se había animado a corromperlo, sino que ahí estaba, intacto, sin nadie que lo haya disfrutado aún, sin saber si realmente esas canciones eran las mismas de siempre. ¿Quizá tendría otra cosa en su interior, algo nuevo? ¿Algún acorde diferente al resto, alguna melodía perdida, frases, temas enteros por descubrir? Sospecho que jamás serán revelados esos secretos. Tampoco me entristezco. Every year is getting shorter never seem to find the time...” Tiempo, tiempo, tiempo.

Aquí no hay muebles. Gabriel me dijo que irían llegando de a poco, en realidad, que esto se iría acomodando a mi gusto, con paciencia. Paciencia, paciencia... De repente, en una esquina cercana a donde estuvo la puerta, veo un reproductor de música para mi disco, un viejo Winco. Es igual al que tengo en casa, es más, hasta está rota una de las rendijas por las que sale el sonido del parlante, producto de un pequeño golpe que le hizo mi abuela al pasar con no recuerdo qué cosa. Es el mismo, tal cual yo lo recordaba. De a poco comienzo a entender cómo funciona esto.

En el camino, estuve pensando mucho tiempo en mis padres. Sé que me extrañan, ellos prácticamente no se mudaron nunca, por lo menos no como yo ahora. Sólo mi padre, pero fue momentáneo y lo suficientemente corto como para que sea un recuerdo vago en su memoria. No dejó muchas cosas detrás. Qué suerte, yo no sé todavía el período de mi estadía y ya no me quedan muchas cosas por dar. Sólo lo sabré, cuando me haya ido. Gabriel me dijo que, a la salida, me darán unos papeles que me indicarán cuánto fue lo que estuve, cuánto perdí y gané. Siempre optimista; antes de entrar aquí, me palmeó la espalda y me confesó que no necesitaría esas conclusiones impresas en una hoja, sino que las tendría presentes constantemente. No sé a qué se refirió, en fin. Mamá. Mamá seguro debe estar llorando. Se niega rotundamente a mi decisión de este traslado voluntario, de esta especie de mudanza. Dice que es innecesario, que ya voy a encontrar algo mejor, que por qué hago algo semejante, que yo podía volver cuando quisiera, que me lleve abrigo, que la llame de vez en cuando y tantas cosas más.

Tengo ganas de sentarme. Una silla aparece enfrente del ventanal abierto, qué suerte, ya le estoy tomando la mano, de a poco. Eso sí, la puerta no apareció más. Enciendo el reproductor y pongo el vinilo. Pasos, latidos de corazón, gritos... estiro las piernas y roto el cuello, es raro. Todo esto, tan blanco, no sé. Estoy entusiasmada, con cierto temor, pero entusiasmada al fin, y eso es lo importante. Pensé que habría muchos más vecinos de los que veo acá en el balcón. De todas formas, no sé cuáles están vacíos, y cuáles no, sólo lo adivino por la gente que mira hacia fuera, en las miles de ventanas. Por allá abajo está Francisco, también está asomado, él me habló de este lugar por primera vez. No sé si María sabe que está aquí. En la calle, una persona se sube a un auto, ¡qué dicha!, su espera terminó. ¿Cuánto estaré yo? ¿Minutos, días, segundos, años? ¿Lo que dure el Sol? No lo sé. Sólo sé, que tengo que esperar un tiempo. Un poquito más.

Gabriel me dijo que no puedo visitar a nadie que se hospede por aquí. Qué lástima, porque realmente tenía ganas de ver a Francisco. Preguntarle cómo es que le está yendo, hace cuánto tiempo está... no sé, algo que también me ayude a aclarar mi panorama. Sentirme un poco más acompañada. Sólo me queda mirarlo por la ventana, hacerle alguna seña cómplice, una sonrisa desdibujada por la lejanía de nuestros rostros; no le grito nada de balcón a balcón (a pesar de que tengo ganas de hacerlo), porque todo aquí transcurre en silencio, me da un poco de vergüenza alterar esta paz. Las calles vacías, los edificios enteramente blancos, los balcones, todo simétrico, ningún tipo de decoración. Nada. Pero de todas maneras no estoy aburrida, o no me parece malo. Creo que sirve, para pensar. Y lo hago. Pienso mucho en todo esto, en las elecciones que tomé para llegar hasta este punto. En qué será de mi cuando salga, cuando el auto se detenga debajo de mi balcón y la puerta reaparezca para marcharme.

Es curioso que ya el tiempo no me interese. No recuerdo ya hace cuánto estoy. Hoy, me pasé todo el día (o los días) mirando hacia la ventana y escuchando mi vinilo. Francisco salió con una flor en la mano (creo que era un clavel, no sé), miró hacia abajo, la tiró, y volvió hacia adentro. Es curioso lo de las flores. Por ejemplo, una margarita. El típico juego de deshojarla para adivinar si esa persona te quiere, o no te quiere, te quiere, o no te quiere. Pero, ¿por qué deshojarla? ¿No es una despetalización, en realidad, lo que se hace? Que yo sepa, son los pétalos los que se arrancan, no las hojas. Supongo que es porque las flores suelen aparecer con sólo dos de ellas, lo que haría bastante predecible ese proceso de adivinación del futuro sentimental del sujeto. Entonces, como tantas cosas, se opta por la cantidad, por los pétalos, por la dilatación del final. Quizá, porque es una forma de intentar cambiarlo, de darle una vuelta. Cuando era chica, y adivinaba que mi destino amoroso no era favorable, pasaba de la despetalización al deshoje, en pos de una sonrisa de satisfacción. Arrancaba cualquier pedacito que me pudiera dar una esperanza. ¿Habré sido la única?

También hoy (digo este tiempo por decir alguno, también podría decir mañana, o ayer), una mujer más lejos, se asomó ilusionada, pensando quizá que el auto que estaba abajo era para ella. Noté que corrió hacia adentro, pero la persona que más tarde bajó era un hombre, bastante viejo, canoso, encorvado, con un bastón. Levantó la flor del piso, la olió, miró hacia arriba y se marchó en el vehículo. Ahora que la vi, era un margarita, pero no tenía hojas, sólo los pétalos. Lo curioso sucedió unos instantes después (bah, no sé si instantes, u horas, o días). Un grito desgarrador salió y retumbó en el aire, rasgando la tarde con su aparente calma. Era de una mujer. No sé cuánto duró ese alarido. Curiosamente, su voz me era muy familiar, como si ya la hubiera escuchado. Se parecía un poco a la mía, o a la del tema del disco. Me dio un poco de escalofríos, no sé. Pero bueno, basta. Es cosa de ella. No es mi asunto, no. Gabriel me dijo que esto quizá pasaría, así que ya estaba avisada.

¿Cómo me verá, así como yo hago, la gente que puede observarme del otro lado del balcón? ¿Qué se imaginarán de mí, de mi mudanza? Por las dudas, sonrío, o hago que la estoy pasando bien, que es una estadía agradable. ¿Lo es? Creo que sí, estas cosas son raras, pero no me siento mal. Tengo esperanzas de que llegue el auto. Es como una especie de… curación, no sé. Por las dudas, sonrío, quizá también le de fuerzas a alguno de mis colegas de balcón. Me, and you. God only knows it's not what we would choose to do...”

Me encanta salir al balcón a mirar afuera. Creo que me quedó ese recuerdo de mis veranos en el departamento de la costa. Cerrar los ojos, sentir la brisa con gusto a sal en la cara... Así que voy a hacer lo mismo. Como cuando niña, así, tal y como si volviera a ese balcón, tan diferente a este. Es lindo no mirar… y sentir el viento… Respiro hondo… qué lindo este tema. Así, sin letra, sólo música… en mis oídos… Pero... algo no está bien. Nada bien. ¿Quién me llama? Esa voz no es de la canción. ¿Es… él? Escucho un auto. ¿Ya es la hora? No lo puedo creer, no lo puedo creer. Sí, debe ser para mí, ¡es su voz! Corro adentro, no vaya a ser que lo deje abajo esperando, por suerte no traje casi nada, a ver, los libros están ahí, el disco funciona, sólo hay una silla así que no me preocupo por eso; ahora bien, la puerta tendría que aparecer… No puede ser. La puerta no está. Gabriel me dijo que aparecería en cuanto pueda salir, que eso se hacía solo. No, acá hay algo que está mal. ¿Por qué sigo escuchando su voz? No, no puede ser… la escucho que viene desde… Ay, no, no… Salgo al balcón. Me asomo... ¿Sos... sos vos, Esteban? Pero si sos… ¡Sos vos, Esteban! ¡No! ¿Por qué estás en uno de los balcones? ¿Por qué me llamás para que te mire? ¡Ay, no, no, no! ¿Por qué sonreís, como si estuvieras sorprendido de que yo, justamente yo esté acá? Esto está mal.

Me mirás sonriendo. Yo no sé qué cara poner. Estás hermoso, más que de costumbre. Mi corazón… no puedo más. Esto es terrible. Nada me aclara la visión. ¿Cómo sabías de este lugar? ¿Por quién viniste, Esteban? ¿Por quién viniste? Levantás tu mano y me saludás. Estás hermoso. Mi pecho se comprime cada vez más. ¿Se dará cuenta de que estoy mordiéndome el labio inferior, para no llorar? No sé hace cuanto tiempo lo estoy mirando, quizá meses. Tengo que hacer algo, rápido. No, tirarme no, sería sospechoso. Esa remera que tenés puesta la usaste la última vez que te vi por la calle, antes de entrar a tu trabajo. Te queda tan bien el blanco... ¿Qué hago? Levanto la mano y te… te saludo y sonrío, deseándote suerte, levanto el pulgar… qué curioso, encontrarnos acá, en la Eternidad…, me sonreíste y cerraste los ojos, Esteban, no me mirás más. Tu pecho se hincha tratando de juntar todo el aire. Qué lindo que sos con los ojos cerrados. El más lindo de todos. Esto está mal, muy mal. Tengo que irme adentro, tengo que salir de acá.

Esteban, me mudé a la Eternidad para esperarte, y vos también hiciste lo mismo. Pero no para mí, no por mí. Estabas en un balcón. No puede ser, vos tenías que estar en el auto, en tu casa, o conmigo. Bueno, conmigo estás, sí, pero no tenía que ser aquí, ahora, o antes o después. ¿Qué día es? ¿Cuánto tiempo pasó? ¿A quién esperás, si no soy yo? ¿Qué voy a hacer ahora? ¿Cómo voy a salir? ¿Lograré hacerlo? Imaginé un florero que se caía. ¡Ay! Me corté el pie con uno de sus cristales, y las margaritas se esparcen por todos lados. Los pétalos que vuelan en remolinos me molestan en la cara, se me pegan a las lágrimas, no sé cómo sacármelos de encima. Las paredes se acolchonaron. El florero sigue explotando sin parar, todo el tiempo. El volumen de la música se subió, esos relojes, esos relojes, no paran más de sonar, suenan todo el tiempo, ¡basta, basta, basta! Tengo ganas de gritar, de llorar, de saltar por el balcón, ay, qué música insoportable. ¡Esos gritos! ¿Qué hago, grito? Y si grito, ¿Qué grito? ¿Si se da cuenta de que es por él, de que toda esta locura fue para un solo fin, que tenía grabado su nombre? De tanto pensarlo, no me di cuenta lo que salió de mi garganta… ¿O es la música la que suena, y yo estoy callada? “If you can hear this whispering you’re dying”...

***

En las calles de la Eternidad, ya no te espero. No vas a volver. Me mudé a estas Moradas Eternas, para ir a tu rescate, o, mejor dicho, que vos vengas al mío. Dejé todo para vivir este exilio voluntario. Me enamoré de vos como nunca antes, y tomé la decisión de aguardar en este lugar, reservado sólo para mí. De vivir este exilio hasta que vengas en mi rescate. De esperarte, el tiempo que fuera necesario, para que estés conmigo. Para que me elijas. Los ángeles me sonreían, ¿me estaban mintiendo, entonces? No venías en auto, estabas en un balcón. En otro, que no era el mío. Te marchaste. Vos sí lo lograste. No se hace cuánto pasó, o si está pasando ahora, como un círculo vicioso que me ahoga. Alguien fue a buscarte, alguien que no soy yo, y que también se enamoró. De vos. Sólo me queda esperar por la redención de una persona que, como te pasó, venga en mi rescate. ¿Existirá una para mí? ¿Habrá alguien, Esteban? ¿Estaré dispuesta a que, cuando la puerta vuelva, yo pueda salir y subirme al auto? Gabriel no me dijo que se podía salir de acá. Imagino constantemente dicha puerta, cada partícula de madera, combino cerraduras y llaves para ver cuál me permite escapar. Imagino todo el tiempo. Creo las puertas nítidamente, las construyo centímetro a centímetro. Pero es inútil. Nada basta ahora. Mientras, seguiré mirando por el balcón, sin tirarme hacia abajo, con la única compañía de un disco viejo, un par de libros, una margarita despetalizada, y el tiempo que no corre en ningún reloj.

domingo, 7 de agosto de 2011

Luz.


No es cuestión de vivir espejismos
cuando la realidad te enceguece por estar en la misma dirección que el sol.
Sé que aún hay barreras infranqueables
custodiadas por guardianes impolutos de vida y de promesas.
Que mi miedo, es el eco de mil voces ajenas.

lunes, 25 de julio de 2011

Insomnio.


Le temo a la inmortalidad.

No se siente ya ni la fatiga de mi cuerpo o la fiebre suave

sordos los oídos ante mi presencia

arde la mente sin un solo recuerdo.

Carruseles de inercia nefasta

Los párpados sin prisa, ciegos

sin la presencia

sin el sueño.


La espantosa vigilia del recuerdo.

¿Quién se halla capaz de escapar a la realidad inevitable,

amontonados en grietas,

esperando lo indecible?

¿Cuándo el rayo parta el cielo, y muertos los papeles, los sonidos, las memorias

dejarán de fatigar y flagelar al cuerpo?

¿Por qué no revientan los ojos del recuerdo?


Los niños, los pájaros, la humedad.

El crepitar del fuego y las gotas de agua

Aquel tren y aquel abrazo.

El silencio de la boca y allá lejos, las palabras

una y otra vez.

Insomnio.

martes, 5 de julio de 2011

Lecho de muerte.

Aquí estoy. De nuevo. Se acaba de ir hace unos minutos. Pocos minutos, que se sumarán para ser una eternidad. Otro, que no volverá a mi lecho.

Mi cama es un lecho. Le saco sus múltiples mortajas, las aplasto entre mis manos. Las estrujo en mi pecho y las tiro al suelo en una esquina, todas sucias.

Mi cama, es mi lecho. Ahí está, expectante, inmóvil, esperando mi regreso. No me mira, simplemente, me aguarda, para que caiga en su pecho y me hunda en su confortable amor. Porque, sí, ella me ama, y por eso no me deja libre. Por celos. A ella no le gustan mis hombres. Los detesta, los escupe, los eyecta. Ellos se caen, se lastiman, se golpean siempre que están sobre ella. Me miran mal a mí, les molesta mi torpeza. Y yo les digo, “¡es la cama! ¡Ella es, no yo!” y la acuso una y otra vez. Salto sobre ella para herirla y les grito a mis hombres “¡Es ella, es ella!”. La acuso con mi dedo, la destruyo con mis pies, mis pataleos, pero no hay caso. Ellos, le creen a ella, y se van. Mi cama no los quiere, es tan celosa. Me tiene cual reina en un castillo de resortes. Resortes que empujan, que atraen y repelen, atraen y repelen, una y otra vez, a mis hombres. A mí misma.

Mi cama es ese lecho. Abro uno de los cajones de la cómoda (que no me cae muy bien), y me entrega las mortajas nuevas, floreadas. Tienen perfume, no le gustan si no tiene y si la cubro igual, los escupe nuevamente. Por eso me guardo de siempre ponerle un aroma agradable. De flores, siempre de flores. La tapo, la protejo con las sábanas de flores. Está preciosa, prolija, sugestiva. Mi cuerpo entra en contacto una vez más. Acaricio sus llanuras, sus curvas. No la miro, sino que la huelo, la huelo y recorro cada centímetro mientras la acaricio. Y me hipnotiza, me condena. No puedo escapar a su belleza. No pueden entender la soledad a la que ella me condenó para siempre. Le doy un beso, no sé por qué. La miro. No puedo evitarlo, siempre termina ganándome.

Me acuesto en ella, que me ama. Huele a flores. En el medio de su Ser, estoy yo. Sólo yo, en mi lecho. Cruzo los dedos de mis manos sobre mi estómago. Huele a flores. Cierro los ojos. Y me duermo aquí, para siempre.

lunes, 6 de junio de 2011

Última carta

Y escribo siempre con miedo, con frío

Porque nunca sé si esta carta será la última

Si llegaré a terminarla

O me terminarán a mí primero

Por eso escribo apurado,

Pero con calma.

Tras la lluvia, tras el fuego

La tinta resonará más que cualquier cañón

Y hundirá barcos

No romperá familias

Desarmará ejércitos

Y firmará la paz.

miércoles, 1 de junio de 2011

The Secret.


The secret

I know the flesh has a secret

Deeper than the deepest sea

It’s only an exception from the dark

Lighting a thousand minds

But, sometimes

We’re homeless and far away from home

We need it

We beg for the secret

We pray for the secret.

We beg, we pray, we need.

(You won’t find it, anyway).

Once, in that lonely times

I thought that it was just right there

Dancing in his beautiful skin

Calling me with whispers

Atracting me with thirsty fingers.

And I used to believe that lie.

Now I know

In the loneliness of the corner of my room

That the secret of the flesh, is a secret

Deepest, than the deepest sea.


La historia jamás dejará de pertenecernos. No elegí nacer en este lugar. Y no soy enteramente de acá. Muchos quedaron atrás en el intento de construir lo que hoy es la Patria Argentina, que alberga y expulsa, que vanagloria a los idiotas y margina a los sabios, que respira en cada rincón y debajo de cada piedra. Es la tierra que a pesar de sus errores albergó a mis abuelos extranjeros, es la que los hizo madurar en esfuerzo, pena y alegría; es la que vio crecer a mis padres, mis hermanas, mi familia y a mis amigos. Es la que me pega todos los días con su clima que no perdona. La que me enamora con sus paisajes y me indigna de su riqueza mal aprovechada o malgastada. La que me hace llorar de rabia y de felicidad ante cada aprendizaje.

Aquí me tocó vivir parte de mi propia historia y llevo con orgullo y respeto los colores de mi bandera.



lunes, 4 de abril de 2011


Quién tiene el poder de perdonar

qué diarios habría que sellar


Cuando el sol no sirve

ya no hay márgenes ni muros


Cuándo sabemos si va a terminar

Lo que a veces cuesta es caminar.


Un jardín vacío

Un rincón oscuro


Quién recordará que es olvidar

Cuando una casa ya no es un hogar.

viernes, 25 de marzo de 2011

Me enamoré de un Luthier.


Me enamoré de un luthier en un claro de ciudad

Rincón de ángeles entre el bullicio

Arcadas de antiguas creencias

puro blanco en el tedio,

una luz de esperanza en la voracidad.


Me enamoré de un luthier, una tarde de frío

escondida en una grieta lo miraba talar

recorría sus manos y el acompasado sonido de su pecho

me intrigaban sus ojos, que jamás salieron de la madera.


Mis antiguas tripas se revolvieron y mi corazón vibró.

Cómo hacerle conocer que en un instante creí

por pura ilusión o profunda soledad

que creí amarlo por un segundo

sólo en un breve lapso de lucidez en mi corazón.

Me enamoré de un luthier, que jamás me miró.

Y en un susurro del viento, secretamente le di mi alma

para que la tale, la pula,

la acaricie, la contemple terminada como su obra maestra,

que sonría de satisfacción al acariciar mis cuerdas.


Y cuando se eleve en la voz del bosque en su melodía perfecta

descubrirá en el viento, que llevaba mi deseo vehemente

de ser parte del ébano que sus manos moldearon.

sábado, 19 de marzo de 2011

Un posible viaje al mar - VII


Algún día en el camino del llano

El eclipse me encontrará dormida

Ningún lobo aullará en mi nombre o en mi ausencia.

En el camino del llano, algún día

Sólo las sombras huirán y los ceibos callarán

Y el agua lavará pura los muslos de los que corren.

Alguna vez, allá en el llano

Mi cuerpo caerá rendido al atardecer de una orquídea

Mis manos sudarán viejos rencores

Que se evaporarán con la luz de aquellas velas

Para así poder decir, de una vez por todas

Que el alma y la mente, son una sola cosa,

Una eterna e indecible.

Un posible viaje al mar - VI

Es esa violencia dulce y descarada.

Tres palabras resumen el sentido de este viaje

Hay una valija vacía y abierta sobre la cama

Y las ventanas retumban con la furia del viento.

No existe nadie en el mundo que pueda acompañarme

Las grietas juegan carreras por el prado

Las nubes luchan, negras e insistentes

En el valle de las mujeres me aguarda la lluvia.

Una valija vacía.

Un posible viaje al mar - V

Y con delicadeza le quitó las vendas a la noche y le curó las úlceras
Pero el alma es débil y hierve de frío
Aunque las vendas en su mano se desintegran de odio.
La cura es otra y no está en este vacío
La sal duele y se maldice a sí misma.
Todos le dijeron que no era necesario,
Pero el terco no entiende de consejos.
Nunca llegará a su objetivo
Y ahí lo ves: cada vez más impío,
soñando con un trozo de campo azul
cuando los ojos ciegos no dan cuenta de la belleza de sus propias manos.
Ya no se acaricia la cara
No recuerda su nombre, el sonido de su voz.
Obstinado, cree en la cura de un dolor insospechable de su alma
que pide a gritos que la dejen en paz.
Atrás dejé al caminante
Herido por su propia llaga
Cuando no quiso darme de beber.

Un posible viaje al mar - IV


No estoy segura si realmente es hacia el mar.

O si ese rincón es mi lugar en el mundo.

Quiero dejarme llevar por la marea

Y al mirarla descubro que es abrumadora.

La sal abre una grieta en el medio del agua clara

Y por ella se cuelan cinco almas errantes

No recuerdo cuándo fue la última vez que la vi

Quizá ya se fue con la pleamar

Y nunca más la veré.

La espuma vomitará su cuerpo inundado

Caerá inerte sobre la arena

Y yo seré un futuro náufrago, sin saberlo jamás.

Un posible viaje al mar - III (Vivo y fuerte)


Es aquél maldito sonido el que mantiene mi pupila desvelada

Y se graba en la curva interna de mi ojo.

Que una cáscara no de pena

Es un capricho de la naturaleza.

Corro por el prado sin miedo a ninguna espina.

Vivo y fuerte es el sentimiento que me impulsa a correr al mar.

Mi alma está helada esta tarde

Mis muslos chocan contra las olas y mi respiración se hace salada.

El corazón se sale de lugar y vaga errante por la espuma marrón y carmesí.

Cuando el horizonte es vasto la cáscara se avergüenza.

Pero ya no tengo miedo.

Un posible viaje al mar - II

Hoy el viento sopla y quiere derribar las tres puertas de la casa

El silencio es agotador, nadie habla, todos temen.

Sólo los ojos están cerrados, pero cada cuerpo escucha y vaga errante

Arañando las grietas de las paredes a su paso.

Sólo un recuerdo queda de aquél mundo

Que alguna vez nos abrió los ojos por vez primera y nos quitó el aliento

De tan puro e inocente

Un recuerdo vago, que quizá ya hemos olvidado.

Hoy las ruinas hablan y nos lastiman a cada nuevo paso.

Abrimos los ojos y nos miramos con melancolía

El viento irrumpe en la casa arrancando las hojas de los libros

Ya parece que nada es posible

Que nada alcanza

Que las almas se vacían y moldean como agua en un cántaro rajado.

Pero hoy, ven:

A este rinconcito de oscuridad latente, a ese hueco de soledad armada

Que te entiende y sintió aquella ráfaga una vez, allá en el gris,

Ven, quítate las sandalias

Deja las espinas y el alma descansando en el suelo

Recuéstate sobre esta llanura naranja, y deja que te bese el pecho una y otra vez

Hasta que duermas exhausto

Deja que se me impregne el olor de tu espalda mientras el alma vuelve a su lugar

Y duerme, en la calma tibia de haber ganado, al menos, una batalla.

Un posible viaje al mar - I

El agua lo nace y el aire lo lanza

Corro, piedra, camino.

Solamente damos tiempo

Creo, celebro, vivo.

Arrastro una emoción violenta

Peso, cargo, sigo.

La rutina de la boca es el beso

Pujo, intento, recibo.

Un posible viaje al mar

Corro, creo, peso, pujo,

Vivo.

jueves, 10 de marzo de 2011

Llamada.

Después de anotar el número telefónico, guardó la pequeña agenda escolar junto con la foto en la caja. La embaló nuevamente, y se dirigió al teléfono, entusiasmada. Le tembló un poco la mano, quizá por la emoción, o la incertidumbre. Marcó. El pitido sonó tres veces antes de que contestaran. La voz de un hombre preguntó quién llamaba. Ella le explicó con simpatía, claro que se acordaba de él. El hombre habló en su oído, y retumbó en la mente de la mujer. Hubo un silencio. La cara de ella, cambió. Ya no sonreía. Alejó un poco el teléfono de su oreja. No sabía qué contestarle. Le agradeció de todas maneras, y lamentó haberle hecho recordar. Antes de cortar, le dijo con un hilo de voz: “Disculpáme, es que para mí, murió hoy”.

martes, 8 de marzo de 2011

Lecho de muerte.


Aquí estoy. De nuevo. Se acaba de ir hace unos minutos. Pocos minutos, que se sumarán para ser una eternidad. Otro, que no volverá a mi lecho.

Mi cama es un lecho. Le saco sus múltiples mortajas, las aplasto entre mis manos. Las estrujo en mi pecho y las tiro al suelo en una esquina, todas sucias.

Mi cama, es mi lecho. Ahí está, expectante, inmóvil, esperando mi regreso. No me mira, simplemente, me aguarda, para que caiga en su pecho y me hunda en su confortable amor. Porque, sí, ella me ama, y por eso no me deja libre. Por celos. A ella no le gustan mis hombres. Los detesta, los escupe, los eyecta. Ellos se caen, se lastiman, se golpean siempre que están sobre ella. Me miran mal a mí, les molesta mi torpeza. Y yo les digo, “¡es la cama! ¡Ella es, no yo!” y la acuso una y otra vez. Salto sobre ella para herirla y les grito a mis hombres “¡Es ella, es ella!”. La acuso con mi dedo, la destruyo con mis pies, mis pataleos, pero no hay caso. Ellos, le creen a ella, y se van. Mi cama no los quiere, es tan celosa. Me tiene cual reina en un castillo de resortes. Resortes que empujan, que atraen y repelen, atraen y repelen, una y otra vez, a mis hombres. A mí misma.

Mi cama es ese lecho. Abro uno de los cajones de la cómoda (que no me cae muy bien), y me entrega las mortajas nuevas, floreadas. Tienen perfume, no le gustan si no tiene y si la cubro igual, los escupe nuevamente. Por eso me guardo de siempre ponerle un aroma agradable. De flores, siempre de flores. La tapo, la protejo con las sábanas de flores. Está preciosa, prolija, sugestiva. Mi cuerpo entra en contacto una vez más. Acaricio sus llanuras, sus curvas. No la miro, sino que la huelo, la huelo y recorro cada centímetro mientras la acaricio. Y me hipnotiza, me condena. No puedo escapar a su belleza. No pueden entender la soledad a la que ella me condenó para siempre. Le doy un beso, no sé por qué. La miro. No puedo evitarlo, siempre termina ganándome.

Me acuesto en ella, que me ama. Huele a flores. En el medio de su Ser, estoy yo. Sólo yo, en mi lecho. Cruzo los dedos de mis manos sobre mi estómago. Huele a flores. Cierro los ojos. Y me duermo aquí, para siempre.

viernes, 4 de marzo de 2011

Buenos Aires


Odiar es amar en negativo.

Y te odio Buenos Aires

Te detesto.

Siento en mis pies el hormigueo de la ciudad

Y pica, pica, pica

Y huele muy mal.

Te detesto Buenos Aires

Detesto tus calles llenas de arte

Tus ecos de subte melódico

Tus hombres de traje y tus mujeres de tacos.

Al escupirme cada mañana y saborear tu asfalto

Siento que no te pertenezco

Y te odio

Y jamás volvería a pisar tus calles frías.

Miro tus tangos y folklores

Esquivo tus limosnas

escribo tus pecados

Paso por alto tus insultos constantes,

y miro a las parejas besarse con descaro en las plazas.

Las observo aturdida,

porque no saben nada de lo que es ésto, esta ciudad.

Camino por el parque al atardecer

Y saboreo tus jacarandás

Observo tus pájaros y tu gente

Huelo tus rosas, arranco con violencia tu hierba

Y te respiro a la sombra de una glorieta...

Y volvería de cualquier lugar de este universo

Para seguir odiándote

Aunque sea un instante,

Una y otra vez.

Por qué decidí escribir (mi primer artículo publicado en www.e-absenta.com)

Por qué decidí escribir

“Uno es dueño de lo que calla, y esclavo de lo que dice”, me dijo mi madre en una tarde de mates y charlas acerca de la nueva ley de Radiodifusión que el gobierno quiere imponer en mi bello y sufrido país. “Quieren quitar puntos de vista, de luz, para que la oscuridad comience a reinar”, me decía mientras mirábamos las noticias (todavía no censuradas y que intentaban dar una explosión de pensamientos antes de que sean culpables de ello). La fría y calculadora sociedad… que termina aceptando todo por la fuerza o por su propia debilidad; aquella sociedad que jura la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad. Por muchos años mantuve esa postura, la del silencio, la de la reflexión visceral que sólo uno se puede dar. No era tan malo, pensaba al principio. La catarsis se vivía periódicamente en mi ser: observar al otro, ver cómo piensa, cómo se mueve, cómo reacciona ante una situación. Y yo terminaba también callada, sin opinar demasiado. ¡No vaya a ser que mi palabra ofenda, que destruya la calma aparente de la situación! ¡Pecado! ¡Blasfemia! Poco a poco (y con cierto dolor) me fui dando cuenta de que yo misma era lo contrario al consejo de mi madre, ya era una esclava de mi silencio. Esclava, con cadenas de eslabones firmes, incorruptibles. Cadenas tan invisibles y ligeras que no se sentían aferrándose a mi ser, a mi mente.

Pero un día hablé. Y hablé en un pequeño cuaderno blanco, vacío como tantos otros. Mi cabeza hervía. Hablé de la bronca que sentía hacia lo que estaba pasando. Le dije al cuaderno que sentía rabia de que la opinión de uno esté tan limitada, tan controlada. La tinta estalló en el papel como una bomba verborrágica que rompió el primer eslabón, y quizás, el más difícil de soltar: el de ese famoso silencio. Comencé entonces a ver aquella cadena que me ataba a la pared. La miré detenidamente a medida que se iba haciendo más nítida... esa que me unía a la pared del miedo a otro, a la crítica negativa; aquella pared que construí para que no me hieran, y para no herir tampoco, pero que resultó ser lo que más lastimaba de todo, la que oculta el pleno sol, la que fomenta al eco, al viento frío y a la soledad. Negar palabras es imponer distancias, el silencio no une. Y el silencio es la energía que se transforma para unir cada eslabón. Esa energía que hace que nos sintamos cómodos en el sillón del estatismo.

El principio de conservación de la energía dice que ésta no se crea ni de destruye, sino que se transforma. Si la energía es una propiedad de todo cuerpo y que se puede transformar, así como actuar sobre otros originando transformaciones... el silencio no va de la mano con ella. ¿Cómo uno puede moverse con el silencio?

El hombre es un ser que necesita comunicarse. Necesita movimiento.

A medida que se van rompiendo las cadenas, separando los eslabones, la energía que se libera puede ser tanto destructiva como regeneradora. Jamás lo sabremos si callamos. Pero el miedo del hombre a las circunstancias desconocidas lo convierte en un ser estático, enhebrador de cuentas, de eslabones. Y esa es la razón primera de por qué uno termina asfixiado. Inmóvil. Frío. Por la suma. ¿Por cuánto tiempo uno puede soportar una cadena tan pesada? No lo sé, pero yo no la quiero más. No deseo seguir ateniéndome a lo que dice el vencedor de la historia. Si bien al expresarse uno siente que se generan nuevos conflictos y ansiedades, ¿qué ansiedad puede ser peor que la incertidumbre? ¿Qué conflicto no es generado por la incomunicación? ¿Qué es más grande que el miedo al miedo mismo?

Y comencé a notar que no estaba sola. Que había gente que pensaba como yo. Gente que no quiere callar, que quiere decir, opinar, generar calor y luz con la transformación del frío y la oscuridad. Leí, leí y releí artículos que me acercaban cada vez más a mi misma y a ese otro tan cercano, y tomé varias resoluciones al respecto.

Quiero construir, pero no paredes con cadenas. Deseo transformarnos en una sociedad de albañiles de senderos por los cuales transitar, conocer, reír y volver a casa, porque también se necesita en cierto modo volver a las raíces. Senderos para caminar descalzo, sin miedo a las espinas. Caminos en los que nos crucemos con todos los demás, y que al verlos sonriamos de gozo al saber que van con nosotros. Que la necesidad del hombre a comunicarse no se vea impedida por ningún muro, y si los hay, tener las herramientas para destruirlo; aunque podamos quedar heridos un tiempo, también se puede cicatrizar, y esa cicatriz también puede servir de ejemplo de lucha.

Ayudemos al otro también a moverse. Y nuevamente pregunto, ¿cómo uno puede moverse con el silencio? Con la simple acción de hacer vibrar la voz en un papel. El único silencio con el que avanzo... es el que se encuentra detrás de una coma, de un punto y seguido.

Transformemos la energía y salgamos del sillón. Tratemos de que haya más cuadernos escritos que vacíos, más voces que silencio. Seamos dueños de lo que decimos, y no esclavos de lo que callamos.

Yo soy dueña de mi palabra, a capa y espada.

Por eso, me gusta tanto escribir.

Reflejo.

Un disparo de realidad rompió el espejo de la ilusión

Y sólo éramos un reflejo

Un rebote de luz

Encegueciendo alguna pupila a la distancia

Un juego de luces en vano

Una multiplicación infinita de un solo recuerdo

Una y otra vez vivido.

Hoy no encuentro tu mirada en ninguna parte

No sé de donde viene, si está en algún otro espejo

Si nunca fue realidad.

Los cristales cortan mis pies y no te veo reflejado

Aún creo distinguir tu espalda blanca y tus brazos recorriéndome

Y ahora sólo hay un circulo marrón frente a mi cara

No hay oasis, sólo un muro frío

¿Estarás del otro lado?

¿Será que ya no podré mirar otros espejos?

¿Que desconozca mi mirada por las mañanas?

¿Qué no pueda reflejarme ni en el vidrio de una calle?

Le doy la razón al ciego

Nunca pensé que mi vida era un simulacro

Que tu amor una tormenta

Y mi lágrima la lluvia.

No hay nada más inservible que un espejo roto

Ya siete años no son nada.

Disculpa, ya divago

Quizá sea el sueño

O la falta de ellos.

Hacia la luz.


Decidida, fui hacia la luz. Basta de oscuridad. Cuando me vi arrugada, cansada, y que nada me favorecía, di media vuelta, y volví.

Doce y cinco

Ahora que viajo en calabaza

Y el frío se cuela por los tajos de mis prendas

Ahora que estoy calzada, sólo con un zapato

Que me astilla lentamente la planta del pie

Con mis rizos desarmados tanto como mis ojos

Que no emanan lágrimas, sino un río entero

Miro hacia atrás, al tiempo que pasó

Y me pregunto, cuál fue el error

Que cometimos;

Para que aquel vals único, en el que nuestros cuerpos

Danzaban como cisnes en un lago gélido

Y tus manos no sólo rodeaban la curvatura de mi cadera

Sino que abarcaba mi alma, toda entera.

Me pregunto nuevamente, cuál fue el error

que cometimos

Nuestros ojos clavados en los del otro

Imaginando cómo serían nuestros hijos

O cómo los haríamos.

En una noche como aquella, quizás

En la que tu palma rozó mi muslo

Y mi pecho se hinchó, enmudeciendo al alma.

Si todo era tan bello

Tan puro, tan pleno...

Pero en mi corazón la impaciencia del tic tac,

Tic tac, tic tac, tic tac

No dejaba de delatarme.

Y al fin.

La mentira sonó, como las doce del reloj.

El trote no fue suficiente y me alcanzaste

Tu mano se aferró fuerte, pero yo lo fui más

La noche oscura fue mi compañera

Para huir rápidamente a este carruaje

Y olvidarme de tus ojos

De ese cuerpo

De esa palma

De esos hijos

Que alguna vez, en esa noche amé.

Y comprendo al fin, el motivo de mi huida

No huyo de la verdad, sino de la mentira

Me escapo del vestido, del zapato de cristal

No de tu sonrisa, huyo sí del vals

Aunque entiendo ahora, no se bien el final

Pero tengo la esperanza, del cuento terminar.

Y es por eso que me sigo preguntando:

Cuál fue el error

Que cometimos.

Cual fue el error

que cometí.